sábado, 31 de enero de 2009

NO WAY OUT


La historia de doce largas horas…












“…en ese instante comprendí
que explicar esto a alguien
sería inútil…”

La aventura de la abeja reina,

Luis Alberto Spinetta




Despierto…

No sé cómo comenzó todo esto… Sé que bajé de la combi en Irigoyen y Saénz y ya podía vislumbrar una plaga de gente en la plaza. Como de costumbre, crucé la avenida y caminé en dirección a casa con la calma que nace de un día común y corriente en horas de la tarde, con la diferencia que esa media cuadra que me separaba de casa se me hacía extensa y uniforme. Estaba fresco, entonces, cubrí el cuello con las solapas del saco de lana azul marino que, pensándolo bien, no existe. Venía caminando pensativa, sí. Tal vez, por esa razón, estaba cabizbaja y taciturna. Oigo voces rugir. Cada vez más alto. Gritos de mujeres histéricas. Veo un hombre correr en dirección contraria a la calle. Y lo veo correr. ¡Es Él! Nada más ni nada menos que el que aparece por las noches y me canta al oído… La turba lo corre y él se agita. Un vecino luego me contó lo que había sucedido: “durante el show, se quebró el escenario y Él huyó despavorido”. Y ahí estaba. El viento sacudía el pelo escaso, finito, débil. Los ojos cuadrados de tanto delineador negro, abiertos como si fueran a ponerle gotas. De dos zancadas se sube al techo de una cuatro por cuatro negra con vidrios polarizados. Su cuatro por cuatro, claro. Hay un parlante sobre el portaequipaje. Un cable lo une con un micrófono. Enciende el parlante. DOinggggGGG. Aguzante el sonido penetra los espirales auditivos. Ondas zumbantes mueven el viento de cerca y de lejos. Rotundos caen los seres histriónicos en la quietud. Llamen “casualidad” al hecho de que la camioneta estuviese estacionada justo frente a la puerta del edificio donde vivo. Mi torso, hacia él, grita su nombre. No me escucha. Suena una guitarra, ardiente y gárrula en su invisibilidad. Mim, SI, Mim, RE. Se repite el riff sin aburrir hasta llegar al primer verso. Vuelvo a gritar su nombre. Sigue sin escucharme. Sugiero que venga conmigo y me siga para escapar de la turba. No hay caso. No escucha. Grito su nombre, una y otra vez ahora y ¡ZAS! El viento me lleva hacia el otro lado de la puerta. Nunca la vi abrirse. Nunca me vi atravesándola. Simplemente, aparecí del otro lado. Y el viento dolió, tanto como el rechazo. Insistí golpeando el vidrio de la puerta con la mano y desde ahí me quedé observándolo un instante hasta que se me ocurrió una idea. Subí once pisos en el ascensor. El píp analógico marca los pisos. Los números y flechas rojas, también analógicas, rotan en el panel. Me concentro en el hule. Gris. Negro en las hendiduras. Así estaba el cielo después de subir los dieciséis peldaños y llegar a la azotea. Sí. Se hizo de noche durante el minuto que el ascensor recorrió el interior del edificio. Repito. Se hizo de noche. Corro unos pasos hasta la pared. Miro abajo. No hay nadie. No hay nada. Ni siquiera coches estacionados. Y, ¿dónde estaba la trifulca de feromonas? ¡Qué decepción! Acto seguido: cena en la casa de mis padres. Reina el silencio. Televisión encendida. Movimientos casi rectilíneos mientras el tenedor lleva carne a la boca. Mandibuleo desganado por triplicado. Amarillo en las luces y en las paredes de la cocina-comedor. Amarillo en la tele. Amarillo está el mundo ahora. Entonces, me voy a dormir.

Despierto. No despierto porque sí. Despierto por la voz de Mamá. La luz clara del mediodía entra en la habitación, entre las hendijas de la persiana. La luz invita al placer de estar tirado en la cama, cobijado. El cuerpo, cuando recién despertamos, está tan cálido y tierno como cuando recién nacemos. Tal vez, todos los días nacemos. Pero esta vez no fue así. Me despierto con el bocinazo de mi vieja:

—Che, despertáte.

—¿Qué? —digo con cansancio, las mandíbulas sedadas.

—No sabés lo que te perdiste.

—¿Qué? —los ojos abren y enfocan hacia los fanales de la lámpara, originalmente blancos, ahora vetustos y grises.

—Estaba Mario en la puerta del edificio, estacionado con el auto, frente al edificio, transmitiendo para la radio.

—¡QUÉ! —me siento en la cama en un impulso repentino, como si un resorte se soltara de mi espalda.

—Lo que escuchás. Si te hubieses levantado temprano… ¿vistes?

Me pongo algo de ropa, la misma que me había puesto el día anterior, y salgo apurada. Planta Baja desierta. Y ahí estaba yo, otra vez, escondiendo las manos por debajo de los brazos, apretando las solapas del saco contra mi pecho. Y me esfumé. Al rato, estaba nuevamente en la calle. Hacía frío. Tenía puesta la campera negra de invierno y llevaba una mochila que casi rebasaba de ropa. Hacía dos noches, habíamos ido con Caro a una fiesta de disfraces y, en la mochila, llevaba no sólo el disfraz sino mis pijamas y también, un saco grueso por si acaso refrescaba. Para colmo, cargaba con los cuadernos del Lenguas, aunque las clases habían terminado hacía un mes. Todo eso entraba en mi mochila de tres compartimientos. Sí, sí. Entonces me largué a caminar por el lado de la avenida que nunca camino, pesada como estaba y con algo de sorpresa porque noté varios cambios fisonómicos en el lugar. Sentía que caminaba por Pompeya, pero era la misma avenida Irigoyen que conocí de chica. Me detuve en una librería. No porque haya pensado en comprar un libro sino por la presencia singular del gran Fito que tocaba el órgano en una tarima humilde. La librería no tenía vidrieras sino varias filas de gradas de madera que apuntaban al público. Era toda abierta. Había libros atiborrados de polvo y años. Había revistas muy curiosas. Pero muy, eh. De los años cincuenta y anteriores. Notas sobre la mujer y cómo ser una buena esposa y madre. En fin, todas esas cosas estaban en ese cuchitril admirable. Una caja de recuerdos en una ciudad enlatada. Hasta Fito había sufrido cambios. Y eso que su melena siempre lució enrulada, bruñida. Esta vez, tenía el pelo hacia atrás, engominado, atado en una pequeñísima cola enrulada que se asemejaba más a la cola de un cerdito que a la de un caballo. Los anteojos de lectura con lentes radiales. Era Fito, sí. Y tocó una canción vieja, una que hacía muchísimo que no tocaba porque yo no la conocía pero un niño de unos ocho o nueve años que estaba por ahí empezó a cantarla. Tenía aún voz de niño, algo rasposa, pero no desentonaba. Sentí profunda admiración por aquél niño tímido que ignoraba completamente las advertencias de la madre. “Nene, dejá de molestar al señor”. Y luego, insistía: “Dejálo tranquilo. Tenés una vocecita de mierda”. El nene cantaba. Estaba feliz. Y a Fito se le henchía el pecho de orgullo. Al finalizar la canción, me encontré aplaudiendo sola. Cuando Fito aplaudió, se oyeron las palmas apagadas de unas personas al fondo. Un aplauso obligado. El nuestro era sincero y le serviría al niño para seguir creciendo. Seguí caminando. Una navaja interrumpe mi paso. Dos navajas. Un tipo teñido de rubio barato, con remera colorada y pantalones negros. Del otro lado, un chabón con gorra y remera blanca, pelo largo renegrido. Ambos de tez morena. Amenazaban con punzarme en el vientre si no les daba lo que querían. No sabían que la sola imagen de la navaja ya me remite al desangramiento.

—Bueno, muchachos, pero no se acerquen mucho porque se van a dar cuenta. —Fui cauta— ¿Qué quieren?

—Empecemos con las zapatillas.

—¿Las zapatillas?

Las zapatillas que tenía puestas eran unas de lona negra que Mamá había donado hacía como dos años a un centro de caridad. No me explico cómo estaban cubriendo mis pies en ese momento. Me las saqué y quedaron vacías en las baldosas beige y rosa viejo. Tampoco me explico cómo no tenía medias puestas con el frío que hacía. Uno de ellos, el de remera colorada, quería zamparme un lengüetazo en la boca. Claro que yo no tardaba en esquivarlo.

—Bueno, ¿qué más? —dije, para apurar el trámite.

—Vamos a ver qué tenés en la mochila.

—Pfff… se van a cagar de hambre con lo que tengo. Es todo ropa y unos zapatos.

Llevo la mochila hacia delante y abro el bolsillo exterior. Saco un monedero. Uno de los ladrones, el de gorra blanca, lo toma y lo pesa con la mano. Como siente que es pesado, se lo guarda en el bolsillo. Eso me sorprendió. No bastaba mucho conocimiento para saber que en ese bolsito de cuero verde y negro no había más que un montoncito de monedas que, con mucha suerte, equivaldría a cinco o seis pesos. Lo único que lamentaba era perder esos cincuenta centavos de peso chileno que me traje del Paine. Cuando volví a ver en el interior del bolsillo, encontré la billetera de Caro que me había dado esa misma noche para guardarla antes de la fiesta. Si la tenía ahí era porque me había olvidado de devolvérsela. Nada más. Tenía el cierre roto y se veía un par de billetes de cien. El ladrón la tomó con dos dedos y como la sintió flaca y liviana, la dejó donde estaba. Abrió uno de los compartimientos y la mochila vomitaba ropa. Abrió el segundo y encontró los cuadernos. Nada de eso le interesó. A todo esto, las zapatillas volvieron a mis pies, como por arte de magia.

—Bueno, esto es todo, ¿no? —dijo el de gorra blanca, haciendo una seña al otro ladrón para retirarse.

El de remera colorada hizo un segundo intento de lengüetazo. Lo evadí y el tipo, en un impulso, mandó el filo de la navaja a la manga de mi campera que, por cierto, empezó a despedir guata blanca por el tajo. Me dio bronca. Era una campera cara. Los muchachos se dieron cuenta de que las zapatillas habían vuelto a mis pies, pero era hora de partir. No era conveniente quedarse más tiempo. Se alejaron caminando unos pasos cohibidos hacia atrás y con los ojos fijos entre la gente que avanzaba sobre la vereda. Debieron haber visto a algún policía, o a un fantasma quizá, porque luego pegaron una estampida hasta la esquina y huyeron.

Despierto. No en mi habitación sino en la de mis viejos, sobre la cama de dos plazas, boca arriba y los brazos bien desplegados a los costados del cuerpo. Abro los ojos y veo dos caras de muchachos mirándome, con sonrisas tiesas y párpados que apenas se mueven.

—Mirá quiénes vinieron a visitarte —grita Mamá desde la puerta de la habitación.

Evité abrir la boca. La textura pastosa y hedionda del paladar sugería que intentara mantener los dientes bien apretados. Los que vinieron a visitarme eran dos hermanos. A uno lo dejé de ver en sexto grado de la primaria. Al otro, en los primeros años de la secundaria. Sabía que al primero le iba muy bien en el handball y al otro, en Inglaterra. La pregunta era: ¿por qué Mamá los dejó pasar a la pieza?

—¿Cómo estás? —pregunta el hermano mayor, sin borrar la sonrisa.

—Pasamos a saludarte —agrega el menor.

En ese momento, recordé que jamás había llegado a entablar una relación tan estrecha de amistad que justificara la intromisión en un momento tan íntimo como es la hora de despertar. Entonces, ¿qué hacían ahí? La madre de los chicos era vieja conocida de mi vieja. Sí… eso lo recuerdo. Y, ¿qué tiene que ver todo eso?

—Vos, ¿cómo estás? —pregunté al hermano mayor entre dientes— ¿Cuándo llegaste?

—Bien. Muy bien. —responde.

Los hermanos permanecieron sonrientes, inalterables. Las manos detrás de la cintura, el torso inclinado unos veinte grados hacia mí. Pestañeaban de vez en cuando. La siguiente imagen me incluía caminando por una calle, con las manos en los bolsillos de una campera de polar azul marino. Unos chicos jugaban al fútbol en el jardín de una casa. La escena no incluía edificios muy altos. Apenas unas casas con dos o tres pisos desparramadas en el espacio. Estaba fresco y algo nublado. El Sol estaba cayendo. La Luna se veía a lo lejos, detrás de un cielo que oscurecía muy lentamente. Al final del horizonte, los tonos violáceos ganaban a los azules y los rayos del Sol se cortaban y pegaban en otros lugares. Caminaba a velocidad media, algo aburrida. Los árboles circundaban la soledad de la calle. Y yo empecé a volar. Al principio, volaba bajo, insegura. Me preguntaba si era real o si se trataba de una ilusión. Apenas ganaba algo de altura, miraba hacia abajo y el miedo me hacía caer. Pero supe controlar mi cuerpo para aterrizar lo más tranquilamente posible. Entonces, las caídas nunca fueron precipitadas. Aterrizaba y volvía a remontar vuelo. Cuanto más grande era mi confianza, más alto me elevaba. Pensé que podría haber volado cuando esos ladrones se acercaron. El siguiente pensamiento fue: “Si puedo volar, quizá, ellos también puedan volar”. Sobrevolé las copas de los alerces. Las hojas me hacían caricias en la panza. Las ramas se alargaban para rozarme. “Esto es muy alto”, pensé. Y volví a aterrizar. Un grupito de pibes vino corriendo con los ojos desorbitados. Frenaron ante mí, rodeándome. Y yo volví a echar vuelo. Usaba mis brazos como alas. Después de ese aterrizaje, me prometí que iba a volar tan alto como pudiera. Me hice la pregunta varias veces y con todas ellas me convencí de que sí era real lo que estaba sucediendo. Entonces, volé, sin dubitaciones ni pretextos. Volé alto, escapando de la noche. Pasé las primeras nubes. Dentro del cúmulo, la luz blanquecina y refulgente me hacía arder la vista. Lágrimas decorosas surcaban los costados de mis ojos. Sentí fruncir el ceño por el ardor. Y una vez que atravesé ese primer cúmulo, vi el cielo celeste celeste, como el que se ve en campo abierto un día soleado. Arriba, había más nubes. Era un sándwich de nubes con una feta de cielo en el medio. Sin mayonesa, claro. A medida que me alejaba, las nubes se disipaban y el Sol parecía cada vez más solemne. Miro hacia abajo y veo largas extensiones de vegetación. Verde claro, verde oscuro. Preciosos campos delineados y bien mullidos, suben y bajan con los montes. Precipitan en montañas y desembocan en el azul profundo del mar. Y vi el mar. Gigante. Volando crucé el océano Atlántico. Por momentos el azul profundo se volvía azul Francia y luego aparecían manchas color arena y esas manchas color arena parecían expeler baba blanca y, alrededor, círculos, pegados unos a otros, de la gama del verde, que se extendían en degradé hasta confundirse con el azul profundo. A veces, también esas manchas color arena tenían un epicentro verde oscuro y, otras veces, eran grandes esas manchas y se veía movimiento en ellas. Movimiento de personas, de vehículos. A veces, esos movimientos venían del núcleo de la Tierra y expelían un líquido rojo fuego que carbonizaba lo que estuviese a su paso. Y, al cabo de unos minutos, volví a ver tierra. Reconocí las costas de Sudáfrica. Sudáfrica… “Cómo me gustaría conocer Sudáfrica”, me dije. Entonces, comencé a descender, en puro control anatómico.


Despierto.


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