
Es increíble cómo un rayo de sol cubre toda una ciudad con luz. Las nubes avanzan, una al lado de la otra, dejando una leve grieta entre ellas y después ese cúmulo parcelado se espesa. Anuncia tormenta. Viéndolo de ese modo, las nubes se representan como un vestido que es gris en la parte superior y se torna más blanco hacia la falda, en degradé. La terminación en ondulaciones con puntillas. Puntillas caladas y todo eso se ve en el cielo.
Y fue en una noche de un día como esos que ocurrieron los eventos que estoy a punto de contar. Unos viejos hablan de la revolución de 1810. Una familia me pide que les haga un típico retrato marplatense con una cámara ultra moderna. Uno, dos, tres. Las fotos salen movidas pero ellos aseguran que están bien. Tal vez sean miopes. La sombra avanza sobre el mar. Supongo que no tiene más nada que hacer.
Bar con luces. Muchas. Inspira diversión.
Cuatro amigas telepáticas se miran y ríen y lloran de la risa. La rubia aleonada de quijada gruesa. La castaña aleonada que se ríe entre palabras. La flaca tatuada con cara de duende. La morocha, compañera de noches largas.
No pienso ir a la Playa hasta que vuelva el Sol. No hay nada más triste que una playa con sombra. Si me detuve en este paredón de rocas es porque me gana la ansiedad de escribir.
Reggaeton ON. Reggaeton OFF al segundo.
La cuestión es que estaban las cuatro amigas, sin sol ni sombra, en el bar de luces amarillas y mesas de algarrobo lustradas. Mesa redonda, por cierto. Parecían D’Artagnan y los tres mosqueteros. Una para todas, todas para una. Y las cuatro tenían algo de D’Artagnan, excepto el bigote. Aunque eso es discutible, claro. Brindaban con chops de cervezas rebasantes la llegada del año nuevo. La banda seguía tocando una discordancia de rock psicótico. La felicidad de esas chicas era inminente. Los ojos despedían brillo. La armonía latente en ellas en un ambiente disonante.
Resulta que al cabo de un par de chops, las chicas ya estaban sudorosas y desinhibidas, motivo por el cual decidieron caminar hacia otro destino, no sin antes regresar a sus casas, que estaban todas sobre la misma cuadra. Sudorosas y desinhibidas, caminaron entre chistes y risas bajo una noche estrellada divina de verano. Nada da más gusto que estar “alegre” en el noctambulismo estival. ¿Qué son las mujeres sino bellas cuando están “alegres” y se olvidan de los “machos”? Bostezo peculiar para ablandar los músculos de la cara.
Llegan a la cuadra las cuatro, una al lado de la otra. Una sombra les interrumpe el paso. No una. Dos. Vienen volando desde la terraza del edificio. La tatuada y la morocha quedan atrapadas en las garras de dos humanos con alas artificiales. Un hombre y una mujer vestidos de negro azulado. La caída era kamikaze pero con las alas pudieron mitigar el golpe contra las baldosas beige y carmín. Las chicas quedaron espaldas sobre el piso y los seres murciélagos las miraban fijo. En zozobra. Con las caras murmurando. Desconfiados como quienes tratan con lo desconocido.
El hombre tenía cara maya. Los pómulos pintados de azul brillante. Los ojos redondos, marrones. El pelo abundante, lacio, negro, brilloso le acariciaba la cara hasta debajo del mentón y estaba cortado como con una máquina de sesgar. Las puntas del pelo bordeaban la cara. Delineaban los trazos de la quijada. Una línea casi perfecta. Los ojos miraban en la profundidad de la morocha. Con esa mirada intenta extraer información, datos, quién sabe, del cerebro de la morocha. Ella… es claro que se sentía incómoda y tenía miedo con ese hombre encima, aunque el cuerpo no llegara a apoyarse. Porque era, al fin y al cabo, un hombre. Con espaldas anchas, brazos fuertes. Todo cubierto de pies a cuello en un látex negro azulado. O mejor dicho, azul anegrado. ¿Cómo explicarlo? Era un látex de fondo negro y arriba tenía una capa de brillo azul. Como si estuviese cubierto de purpurina, ¿entienden? El traje. Cubierto de purpurina.
Bueno, la cuestión es que en los extremos de las alas había dos garras sujetando la ropa de la morocha por encima de los hombros. En la ansiedad por escaparle a la mirada, la morocha gira la cabeza a la derecha y ve a la tatuada en las garras de la mujer, que tenía el pelo negro y lo usaba bien hacia atrás, con una cola de caballo y, si mal no recuerdo, tenía una especie de antifaz. La mujer tenía a la flaca apresada de igual modo que el hombre a la morocha.
—¿Qué hacemos? —dijo la mujer murciélago, inesperadamente en castellano.
El hombre no pronunció palabra. Tal vez, no entendía el idioma. Pero miró un poco más a la morocha y se fue, sin pena ni gloria, volando, ahora hacia arriba.
La mujer lo siguió. Era grandota, pechugona y el traje exageraba sus curvas pronunciadas.
—No te puedo creer. ¡Se llevó mi bolso! —gritó la morocha— Tenía todo ahí: el celular, l cédula, la billetera, las tarjetas de crédito, ¡un vuelto de cien pesos!
La morocha recordó que a su novio alguna vez le habían robado las tarjetas y demás. Pensaba en todo el tramiterío que tenía que comerse para rehacerlas y le daba bronca. Y los meses que tardan en Buenos Aires para hacerte una cédula. Pero lo que más le preocupaba, una vez que subió al departamento con la rubia, era la cantidad de información personal a la que ahora tenía acceso el hombre murciélago, información que descorría el velo de los secretos más íntimos. Y la morocha sabía que algo había hecho, pero…
—Que yo sepa, no cometí ningún crimen, ¿no?
—Y… yo qué sé. Por ahí, le gustaste y quería saber quién eras.
—¡No seas tarambana! ¿Qué va a hacer con toda esa información?
—Bueno, no te asustes, morocha. Ese tipo es un pelafustán.
La rubia aleonada y la morocha se quedaron mirándose las caras en la habitación y un estruendo cortó la pasividad del momento. Un hueco se abrió en la pared y el bolso de la morocha cayó sobre la cama. Se vio al hombre murciélago por última vez a través del agujero. Se sostenía en el aire como si tuviera el control de la gravedad. Lanzó una mirada furtiva y se alejó. Un rugido y se cerró el hueco. Las pibas boquiabiertas, asustadas.
—¿Cómo una persona puede llegar tan adentro de un ser?
La morocha se sintió vejada, desnuda, aturdida. Los ojos le dolían. Mucha oscuridad para una sola noche. Y no sabía lo que le esperaba.
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