
Imagen: creada por el amigo Gustavo Rubio para este cuento
“Ella también se cansó de este Sol,
vino a mojarse los pies a la Luna”
Luis Alberto Spinetta
vino a mojarse los pies a la Luna”
Luis Alberto Spinetta
Pasillos. Altos. Largos. Estrechos. Blancos. Unas líneas verdes y celestes se reposan sobre los laterales. El piso es negro. Huele a hule. Veo mis pies agitados. Buscan aire y contención. Buscan desentrañarse de ese ambiente pendular. El aliento frío de un hombre que parece gemir desde el cadalso.
De repente, no estoy tan sola. Llueven y llueven. Periodistas, micrófonos, cámaras, ratas, veneno, ojos enlatados en moléculas de ácido que finalmente ruedan por el hule. Vienen a invadirte. Y yo… vengo a... No sé a qué vengo. ¿Qué hago acá?
La rubia en el pasillo. Intuyo que voy a encontrarte. Es esa corazonada que se hace más galopante con cada paso que doy. Te estoy viendo, poco a poco. Tus manos delicadas, rozagantes vienen a tomarme. Al instante que las veo también veo cómo mis manos se apuran lentamente a tocarlas, porque son delicadas y no quieren romperlas. Mis manos abstienen la fuerza del deseo de tocarte que a la vez puja mis ojos hacia tu cara, para mirarte. Y lo que vi fue una cara desvaída con ojos aterrados. Esos ojos gritan. Un sombrero te aplasta el pelo. Nada que no pueda arreglar. Te dejo libre para que des la función. Llueven y llueven gotas de amor sobre los pies de la mujer de la Luna.
Llego a una puerta de hierro. Pesada. Tan pesada que diría que sostiene al edificio entero. Y la abro. Y veo…
Una noche espléndida y clara. Las mil luces sobre el escenario se extienden sobre el campo estrellado. Mares de brazos y manos saludan, se agitan, te buscan. La Luna dilató su manto y cubrió a la masa fecunda. Se fusiona la luz natural con la luz del hombre. Llueven y llueven gotas de amor sobre los pies de la mujer de la Luna. Llueven gotas de amor sobre los pies de la mujer de la Luna. Y entonces, los pies, que eran mis pies, ahora desnudos, se lanzaron al campo abierto. Vestida sólo con el manto de la Luna.
Era tanta la frivolidad, patética, vil. Ansiabas verme. Lo esperabas. Me buscaste. Me llamaste desde el vientre, donde nacen los momentos más intensos y los pensamientos más incólumes. Vientre hermoso que das a luz a la vida, que alcanza las aguas más profundas de la esencia humana.
La frivolidad ataca. Guitarra calzada al hombro y aún no pudiste evocar el sentimiento que hace que las manos hagan temblar la púa sobre las cuerdas. La frivolidad detiene porque mete miedo y paraliza. La frivolidad no sirve. Nos deja vacíos de expresión. Corrompe la tibieza de todo lo que nace bueno. Tuviste esa sensación incorporándose en tu organismo. Extraña a tu ser. Sabe igual que tener un parásito dentro. Ves la mole sarnosa de ojos idos, neurasténicos. Ellos te quieren frío, famoso, perverso, lucrado. ¿Vos qué querés?
¿Qué querés? Me quedo mirándote a un costado de la turba. Pienso en qué estarás pensando. Veo que no te ves conduciendo ese panal de abejas sordas. Y sin querer, tu mirada da un giro a la distancia y me encuentra. El sombrero cae como plomo sobre los tablones cuando tu cuerpo vira a mi dirección. Hace un hueco con sonido mudo. Los pies se desvían de la masa. Vienen a buscar mi boca. De la boca te di el aceite necesario para devolverle el candor a tus huesos, para que vuelvan a articularse, para que doten de alegría la música que antes lastimaba.
—No te vayas —dijiste, y volviste a visualizar el horizonte donde la Luna yacía y se ofrecía orgullosa como reflector para el espectáculo.
Y la mujer de la Luna subió al cielo y, desde allí, disfrutó la función.
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