Veinte años. Viajé veinte años en el tiempo. Era una chica menudita y dispuesta a reír, a disfrutar el día a día. Tenía unos veinte años. Usaba la melena bien corta. Las mechas batidas, teñidas de caoba. Los ojos azules, la tez pálida y los rasgos finos compensaban la femineidad que el corte de pelo y la ropa le quitaba. Tenía puesta una campera de cuero chiquitita, bien pegada al cuerpo, buen corte. Las mangas arremangadas hasta apenas debajo del codo. Le veía los brazos y a mí me parecía algo incómodo. Tanto cuero plegado en tan poco espacio restaba bastante movilidad. Podía percibirlo. Lo que se veía de los brazos dejaba al descubierto unos vellos rubiones que sólo prestando mucha atención se distinguían. Camisa a cuadros azul y blanco debajo de la campera y unos jeans chiquititos, negros. Mas bien, agrisados.
Como decía, viajé en el tiempo veinte años. No con una máquina sino con mi sola imaginación. Y no tardé en darme cuenta que eran finales de los ochenta, o quizá principios del noventa. Otra vez mis queridos momentos de niñez. Sólo que ahora no era una niña. Un olor a nubes de azúcar empapaba mis narices. Ella me esperaba, como si supiera que venía del siglo veintiuno. Su imagen contrastaba muchísimo con las chicas de fondo que vestían tacos altos, calzas, los pelos sueltos enmarañados entre una bincha gruesa de tul brillante, colorida. Estaba parada frente al teatro frente a los carteles luminosos, pequeños y viejos. La noche era oscura. Había llovido y el cielo seguía nublado. La calle estaba húmeda. La luna oculta raspaba las paredes nubosas con su luz y algo podía verse desde la troposfera. Hacía ese frío que no es intenso pero que a uno le entra por los huesos.
—Hola —le digo— perdón por la tardanza, la verdad es que no sabía cómo llegar al teatro, me vine en taxi.
—No hay problema. Te estaba esperando. ¿Vamos?
—Sí. A full. ¿Tenés las entradas?
—No. Vamos a la boletería.
Se larga a llover. No tardamos en dar unos pasos aligerados para llegar a un cuartito que funcionaba de boletería. Hasta donde había visto, el lugar se asemejaba más a un club de barrio que a un gran teatro. No… no, no, no. Por más que me detenga a recopilar datos visuales de mi memoria, estoy casi segura de que nunca había estado ni visto ese lugar antes. ¿Será la presentación en Domselar con la que bromeaba mi tío en aquellos años?
Entramos. Había un viejecito con boina de gaucho que era el cobrador. No había una caja registradora así q ni pensar en ver un ticket, pero sí nos dio una especie de cartón rosa con la información de la función. ¡Qué felicidad para el cajón de los recuerdos! “Cuando lo mire al volver al futuro, se me van a llenar los ojos de lágrimas”, pensé. Y comprendí: tal vez nada de esto exista. Y la idea me rechinó en los oídos. Me pareció sabrosa al paladar. Dulce, infantil. En el cuartito, decía, estaba el viejecito cobrador detrás de un escritorio y una computadora viejísima (para mí, claro). Un compañero de aproximadamente la misma edad, cebaba mate. Estaba sentado en una silla contra la pared, apenas apartado del escritorio. Y también estaba esa actriz que se apellida Blum pero tenía el pelo blanquísimo. No había rastros de envejecimiento en la cara. Y tenía unos anteojos de sol puestos. Mi compañera la miró y expresó emoción con la cara.
—¡Qué buena actriz sos! —dice luego de un suspiro de asombro y posterior también a una exclamación de perplejidad.
—¿En serio me decís? —responde la Blum— Ay, me encanta que la juventud reconozca mi labor, ¿no? Reconocimiento. Qué lindo.
—Ay, sí. Por favor. Yo estudio teatro. La verdad es que estoy muy emocionada de verte acá.
—Ay, qué tierna esta chica.
Me aburría. Fast forward. Escenario. Piano a un extremo. La eléctrica deambulaba. Gente. Mucha. Parece que nos esforzamos por vivir bien de cerca la función. Los suecos estaban sobre las tablas cantando, contorneándose con dureza. Nosotras a un par de metros. Mi compañera seguía sorprendida, pero era una sensación de sorpresa paralizante, no saltaba ni cantaba, no producía sonidos y mucho menos palabras. Ellos… estaban tan jóvenes. La rubia platinada de pelos cortos y dóciles. El señorito escandinavo con reflejitos blondos en la cabellera castaña. Hermosos los dos. Volaba la voz de la sueca, vibraba. Tenían esa conexión entre ellos que a uno lo hacía pensar que eran hermanos. Si eran hermanos, con seguridad eran incestuosos. También me hacían pensar que tenían una especie de amor platónico, ¿no? Algo parecido a eso. Había una conexión con el público, además, que le erizaba a uno la piel.
En un momento, el sueco suelta la guitarra, casi llegando al final de la canción. Acto seguido, avanza caminando sensualmente hacia la rubia, la empuja hacia una pared negra y la acorrala. Apenas deja de cantar la rubia que le parte la boca de un beso. Pero eso no fue todo. Antes de eso le había tocado el culo y le tomó la pierna por debajo del muslo con deseo carnal. La rodilla de la rubia quedó a la altura de la pelvis y él se apoyaba en ella toda. Y ahí fue cuando la besó, claro. La besó con poder de dominación en las manos. Dominación que manejaba la mente de la rubia y no otra mente. Era mi deseo que eso sucediera y mi deseo dominó la situación. Lo abstracto se hizo concreto. Es decir, el deseo… Todo eso estaba ahí gracias a mi deseo y a los artilugios de mi mente.
Acorde final y me fui satisfecha. Fue una buena función.
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