
sábado, 7 de marzo de 2009
Revolutionary Road

sábado, 7 de febrero de 2009
De la rubia aleonada

Dentro de un cuerpo metálico que volaba iba la rubia aleonada y un grupo de tres o cuatro minas vestidas de negro, todas músicas de una banda de rock. Desfilaban abordo camperas de cuero con cierres anchos y plateados. Una de ellas tenía cara de galleta, el pelo rojo acrílico y lentes negros psicodélicos. Las minas hacen check out. A una se le cae el celular. Un aparato singular con varios artefactos. La rubia aleonada lo ve caer y en vez de devolverlo a la dueña, se lo queda. Sobre el piso alfombrado del vehículo volador, un grupo de seguidores hace una ronda. Un grupo que salió de no sé dónde. La rubia aleonada es testigo. Observa. Las minitas vuelven. Hacen check in. Se calzan las violas y se ponen a tocar. Suena rock.
viernes, 6 de febrero de 2009
Experiencia de lectura
Envidio a los que pueden leer sin distraerse en cuestiones personales…
…y aunque en general uno vive para cosas constantes y fuertes que le interesan, esas cosas en esos momentos dejan de pertenecerle o inquietarlo, y uno siente en esos instantes que durante todo el tiempo ha permanecido siendo otro… el tiempo, siempre estuve interesada en la idea de que no existe y pienso si podría hacerse una película, por ejemplo, sobre un mundo donde el tiempo no existe, o una novela quizá a la que le falten cláusulas adverbiales de tiempo, entonces rige el momento, el instante… “El tiempo no existe”… y digo yo si no se tratará más que nada de la vida, entonces se llamaría “La vida es un instante” o “Vida: un instante”. Y siendo una película, deberíamos agregar un personaje del mundo real que de repente llega a un pueblo desconocido donde el tiempo no existe y la gente hace las cosas cuando siente hacerlas y entonces, si uno quiere comer carne, tal vez, vaya a la carnicería pero al carnicero no le dieron ganas de abrir el local, entonces, se ve obligado a encontrar un carnicero con ganas de trabajar, eso si uno quiere, claro… y ese forastero o forastera llega al lugar, a una casa, en el seno de una familia que, por supuesto, es muy feliz y bien, ¿dónde estaba? ¡Ah! …ha permanecido siendo otro y entonces puede observar lo que no es desde lo que es con una comodidad y una melancolía inverosímiles y uno ya no piensa sino que es pensado… ah, Borges… y considerado por otro que no es nadie más que el verdadero uno mismo …ah, qué interesante… y en un momento distinto y excepcionalmente esencial; es casi seguro que la mayoría de ustedes… y me imagino en la sala de un sanatorio, a punto de dar a luz y Santiago, Santiago con la bata y el gorro antes de entrar al quirófano conmigo, en el pasillo y yo en la camilla, embarazada y Santiago me ve y se enamora y me besa pero es imposible porque Santiago ya tiene una hija y tiene una mujer y eso no pasaría porque la idea de tener un hijo con alguien prácticamente desconocido le asusta por sobremanera y podría haber quedado embarazada, es decir, podría estar embarazada ahora …y lo veo a Santiago feliz, yo podría enamorarme de Santiago, pero la realidad es otra, sería otra en tal caso. En fin… aunque no estoy tan segura de que sienta algo fuerte por la mujer, ojala se enamorara de mí, claro… pero … bah, me tengo que olvidar de Santiago….es casi seguro que la mayoría de ustedes los conoce y conserva a esos claros segundos… en la novela no habría segundos… inolvidables en los que nada importa sino lo que se está siendo mientras se viaja en ellos, un ser profundo … yo, a mí, me pasa… y luminoso sustraído a la caótica confluencia general de los sucesos que se encadenan y anudan ciñendo sin piedad la existencia hasta volvérsela a uno intolerable… claro, la idea de que somos presos… de los sucesos, de los sucesos que se encadenan, claro… nada más que durante esos segundos uno puede ser minucioso en todo lo que se refiera a su piel y a su carne y es una consecuencia de que son tan escasos y fugaces el hecho de que uno conozca tan poco de sí mismo… sí, totalmente.
sábado, 31 de enero de 2009
NO WAY OUT
“…en ese instante comprendí
que explicar esto a alguien
sería inútil…”
La aventura de la abeja reina,
Luis Alberto Spinetta
Despierto…
No sé cómo comenzó todo esto… Sé que bajé de la combi en Irigoyen y Saénz y ya podía vislumbrar una plaga de gente en la plaza. Como de costumbre, crucé la avenida y caminé en dirección a casa con la calma que nace de un día común y corriente en horas de la tarde, con la diferencia que esa media cuadra que me separaba de casa se me hacía extensa y uniforme. Estaba fresco, entonces, cubrí el cuello con las solapas del saco de lana azul marino que, pensándolo bien, no existe. Venía caminando pensativa, sí. Tal vez, por esa razón, estaba cabizbaja y taciturna. Oigo voces rugir. Cada vez más alto. Gritos de mujeres histéricas. Veo un hombre correr en dirección contraria a la calle. Y lo veo correr. ¡Es Él! Nada más ni nada menos que el que aparece por las noches y me canta al oído… La turba lo corre y él se agita. Un vecino luego me contó lo que había sucedido: “durante el show, se quebró el escenario y Él huyó despavorido”. Y ahí estaba. El viento sacudía el pelo escaso, finito, débil. Los ojos cuadrados de tanto delineador negro, abiertos como si fueran a ponerle gotas. De dos zancadas se sube al techo de una cuatro por cuatro negra con vidrios polarizados. Su cuatro por cuatro, claro. Hay un parlante sobre el portaequipaje. Un cable lo une con un micrófono. Enciende el parlante. DOinggggGGG. Aguzante el sonido penetra los espirales auditivos. Ondas zumbantes mueven el viento de cerca y de lejos. Rotundos caen los seres histriónicos en la quietud. Llamen “casualidad” al hecho de que la camioneta estuviese estacionada justo frente a la puerta del edificio donde vivo. Mi torso, hacia él, grita su nombre. No me escucha. Suena una guitarra, ardiente y gárrula en su invisibilidad. Mim, SI, Mim, RE. Se repite el riff sin aburrir hasta llegar al primer verso. Vuelvo a gritar su nombre. Sigue sin escucharme. Sugiero que venga conmigo y me siga para escapar de la turba. No hay caso. No escucha. Grito su nombre, una y otra vez ahora y ¡ZAS! El viento me lleva hacia el otro lado de la puerta. Nunca la vi abrirse. Nunca me vi atravesándola. Simplemente, aparecí del otro lado. Y el viento dolió, tanto como el rechazo. Insistí golpeando el vidrio de la puerta con la mano y desde ahí me quedé observándolo un instante hasta que se me ocurrió una idea. Subí once pisos en el ascensor. El píp analógico marca los pisos. Los números y flechas rojas, también analógicas, rotan en el panel. Me concentro en el hule. Gris. Negro en las hendiduras. Así estaba el cielo después de subir los dieciséis peldaños y llegar a la azotea. Sí. Se hizo de noche durante el minuto que el ascensor recorrió el interior del edificio. Repito. Se hizo de noche. Corro unos pasos hasta la pared. Miro abajo. No hay nadie. No hay nada. Ni siquiera coches estacionados. Y, ¿dónde estaba la trifulca de feromonas? ¡Qué decepción! Acto seguido: cena en la casa de mis padres. Reina el silencio. Televisión encendida. Movimientos casi rectilíneos mientras el tenedor lleva carne a la boca. Mandibuleo desganado por triplicado. Amarillo en las luces y en las paredes de la cocina-comedor. Amarillo en la tele. Amarillo está el mundo ahora. Entonces, me voy a dormir.
Despierto. No despierto porque sí. Despierto por la voz de Mamá. La luz clara del mediodía entra en la habitación, entre las hendijas de la persiana. La luz invita al placer de estar tirado en la cama, cobijado. El cuerpo, cuando recién despertamos, está tan cálido y tierno como cuando recién nacemos. Tal vez, todos los días nacemos. Pero esta vez no fue así. Me despierto con el bocinazo de mi vieja:
—Che, despertáte.
—¿Qué? —digo con cansancio, las mandíbulas sedadas.
—No sabés lo que te perdiste.
—¿Qué? —los ojos abren y enfocan hacia los fanales de la lámpara, originalmente blancos, ahora vetustos y grises.
—Estaba Mario en la puerta del edificio, estacionado con el auto, frente al edificio, transmitiendo para la radio.
—¡QUÉ! —me siento en la cama en un impulso repentino, como si un resorte se soltara de mi espalda.
—Lo que escuchás. Si te hubieses levantado temprano… ¿vistes?
Me pongo algo de ropa, la misma que me había puesto el día anterior, y salgo apurada. Planta Baja desierta. Y ahí estaba yo, otra vez, escondiendo las manos por debajo de los brazos, apretando las solapas del saco contra mi pecho. Y me esfumé. Al rato, estaba nuevamente en la calle. Hacía frío. Tenía puesta la campera negra de invierno y llevaba una mochila que casi rebasaba de ropa. Hacía dos noches, habíamos ido con Caro a una fiesta de disfraces y, en la mochila, llevaba no sólo el disfraz sino mis pijamas y también, un saco grueso por si acaso refrescaba. Para colmo, cargaba con los cuadernos del Lenguas, aunque las clases habían terminado hacía un mes. Todo eso entraba en mi mochila de tres compartimientos. Sí, sí. Entonces me largué a caminar por el lado de la avenida que nunca camino, pesada como estaba y con algo de sorpresa porque noté varios cambios fisonómicos en el lugar. Sentía que caminaba por Pompeya, pero era la misma avenida Irigoyen que conocí de chica. Me detuve en una librería. No porque haya pensado en comprar un libro sino por la presencia singular del gran Fito que tocaba el órgano en una tarima humilde. La librería no tenía vidrieras sino varias filas de gradas de madera que apuntaban al público. Era toda abierta. Había libros atiborrados de polvo y años. Había revistas muy curiosas. Pero muy, eh. De los años cincuenta y anteriores. Notas sobre la mujer y cómo ser una buena esposa y madre. En fin, todas esas cosas estaban en ese cuchitril admirable. Una caja de recuerdos en una ciudad enlatada. Hasta Fito había sufrido cambios. Y eso que su melena siempre lució enrulada, bruñida. Esta vez, tenía el pelo hacia atrás, engominado, atado en una pequeñísima cola enrulada que se asemejaba más a la cola de un cerdito que a la de un caballo. Los anteojos de lectura con lentes radiales. Era Fito, sí. Y tocó una canción vieja, una que hacía muchísimo que no tocaba porque yo no la conocía pero un niño de unos ocho o nueve años que estaba por ahí empezó a cantarla. Tenía aún voz de niño, algo rasposa, pero no desentonaba. Sentí profunda admiración por aquél niño tímido que ignoraba completamente las advertencias de la madre. “Nene, dejá de molestar al señor”. Y luego, insistía: “Dejálo tranquilo. Tenés una vocecita de mierda”. El nene cantaba. Estaba feliz. Y a Fito se le henchía el pecho de orgullo. Al finalizar la canción, me encontré aplaudiendo sola. Cuando Fito aplaudió, se oyeron las palmas apagadas de unas personas al fondo. Un aplauso obligado. El nuestro era sincero y le serviría al niño para seguir creciendo. Seguí caminando. Una navaja interrumpe mi paso. Dos navajas. Un tipo teñido de rubio barato, con remera colorada y pantalones negros. Del otro lado, un chabón con gorra y remera blanca, pelo largo renegrido. Ambos de tez morena. Amenazaban con punzarme en el vientre si no les daba lo que querían. No sabían que la sola imagen de la navaja ya me remite al desangramiento.
—Bueno, muchachos, pero no se acerquen mucho porque se van a dar cuenta. —Fui cauta— ¿Qué quieren?
—Empecemos con las zapatillas.
—¿Las zapatillas?
Las zapatillas que tenía puestas eran unas de lona negra que Mamá había donado hacía como dos años a un centro de caridad. No me explico cómo estaban cubriendo mis pies en ese momento. Me las saqué y quedaron vacías en las baldosas beige y rosa viejo. Tampoco me explico cómo no tenía medias puestas con el frío que hacía. Uno de ellos, el de remera colorada, quería zamparme un lengüetazo en la boca. Claro que yo no tardaba en esquivarlo.
—Bueno, ¿qué más? —dije, para apurar el trámite.
—Vamos a ver qué tenés en la mochila.
—Pfff… se van a cagar de hambre con lo que tengo. Es todo ropa y unos zapatos.
Llevo la mochila hacia delante y abro el bolsillo exterior. Saco un monedero. Uno de los ladrones, el de gorra blanca, lo toma y lo pesa con la mano. Como siente que es pesado, se lo guarda en el bolsillo. Eso me sorprendió. No bastaba mucho conocimiento para saber que en ese bolsito de cuero verde y negro no había más que un montoncito de monedas que, con mucha suerte, equivaldría a cinco o seis pesos. Lo único que lamentaba era perder esos cincuenta centavos de peso chileno que me traje del Paine. Cuando volví a ver en el interior del bolsillo, encontré la billetera de Caro que me había dado esa misma noche para guardarla antes de la fiesta. Si la tenía ahí era porque me había olvidado de devolvérsela. Nada más. Tenía el cierre roto y se veía un par de billetes de cien. El ladrón la tomó con dos dedos y como la sintió flaca y liviana, la dejó donde estaba. Abrió uno de los compartimientos y la mochila vomitaba ropa. Abrió el segundo y encontró los cuadernos. Nada de eso le interesó. A todo esto, las zapatillas volvieron a mis pies, como por arte de magia.
—Bueno, esto es todo, ¿no? —dijo el de gorra blanca, haciendo una seña al otro ladrón para retirarse.
El de remera colorada hizo un segundo intento de lengüetazo. Lo evadí y el tipo, en un impulso, mandó el filo de la navaja a la manga de mi campera que, por cierto, empezó a despedir guata blanca por el tajo. Me dio bronca. Era una campera cara. Los muchachos se dieron cuenta de que las zapatillas habían vuelto a mis pies, pero era hora de partir. No era conveniente quedarse más tiempo. Se alejaron caminando unos pasos cohibidos hacia atrás y con los ojos fijos entre la gente que avanzaba sobre la vereda. Debieron haber visto a algún policía, o a un fantasma quizá, porque luego pegaron una estampida hasta la esquina y huyeron.
Despierto. No en mi habitación sino en la de mis viejos, sobre la cama de dos plazas, boca arriba y los brazos bien desplegados a los costados del cuerpo. Abro los ojos y veo dos caras de muchachos mirándome, con sonrisas tiesas y párpados que apenas se mueven.
—Mirá quiénes vinieron a visitarte —grita Mamá desde la puerta de la habitación.
Evité abrir la boca. La textura pastosa y hedionda del paladar sugería que intentara mantener los dientes bien apretados. Los que vinieron a visitarme eran dos hermanos. A uno lo dejé de ver en sexto grado de la primaria. Al otro, en los primeros años de la secundaria. Sabía que al primero le iba muy bien en el handball y al otro, en Inglaterra. La pregunta era: ¿por qué Mamá los dejó pasar a la pieza?
—¿Cómo estás? —pregunta el hermano mayor, sin borrar la sonrisa.
—Pasamos a saludarte —agrega el menor.
En ese momento, recordé que jamás había llegado a entablar una relación tan estrecha de amistad que justificara la intromisión en un momento tan íntimo como es la hora de despertar. Entonces, ¿qué hacían ahí? La madre de los chicos era vieja conocida de mi vieja. Sí… eso lo recuerdo. Y, ¿qué tiene que ver todo eso?
—Vos, ¿cómo estás? —pregunté al hermano mayor entre dientes— ¿Cuándo llegaste?
—Bien. Muy bien. —responde.
Los hermanos permanecieron sonrientes, inalterables. Las manos detrás de la cintura, el torso inclinado unos veinte grados hacia mí. Pestañeaban de vez en cuando. La siguiente imagen me incluía caminando por una calle, con las manos en los bolsillos de una campera de polar azul marino. Unos chicos jugaban al fútbol en el jardín de una casa. La escena no incluía edificios muy altos. Apenas unas casas con dos o tres pisos desparramadas en el espacio. Estaba fresco y algo nublado. El Sol estaba cayendo.
Despierto.
miércoles, 21 de enero de 2009
UN DIA DISTINTO

…supongo que te acostumbrarás
al silencio total,
mundo inferior,
que es eterno,
como el propio mal.
Así, no habrá para mañana
otra luz
que lamentar
al morir
el desierto de sed de amar
y de florecer.
¡Jamás escaparás de aquí!
La aventura de la Abeja Reina
Luis Alberto Spinetta
En una calle pobre de vida de una ciudad pobre de luz, había un localcito pintoresco, una tienda de instrumentos musicales. La vidriera vendía sonidos y colores: bronces, chi chi pum, chi chi pum, azul eléctrico, bauuuummm barabarabaammmm, rojo tambor, bom bom bom. Allí, Julia y Lucio trabajaban, uniformados de azul triste y melancolía sinfónica. Abrumados por el eclecticismo de llevar una vida mediocre (porque a los artistas se los escondía en botellas de sangre en esas épocas), fingían disfrutar de la serenidad propia de vendedores y cajeros, pero sufrían los golpes del alma inquieta que además gritaba por salir de la caja torácica, de los vientres, de las narices y de las bocas desecadas de tanto silencio.
En esa tiendita bordeada por edificios grises, incompletos y vetustos, Julia vendía y asesoraba sobre instrumentos musicales, o al revés. Lucio acomodaba las bellezas sonoras y las limpiaba con suma delicadeza. Lucio pasaba la franela por los bronces y las cuerdas, y la mente las transformaba en porcelana y cristal. Atento… discípulo noble del valor a lo verdaderamente único, tenía el don de hacer música genuina y entera era su poesía. Marcapaso. Era un marcapaso. Pedazos de frases, palabras, armonía que irrigaba sangre. Música que hacía en un sotanito perdigado para la felicidad de ciertas personas que en determinado momento necesitan estar ocultas. Rampamparabarabampanpán. Ratatatatatatatatá. Kabúm. Los sueños se descarrilaron del universo emocional y fueron a parar al asador. Y así los días gloriosos se convirtieron en una seguidilla de cotidianeidades insulsas y perezosas. No obstante, Julia y Lucio no habían perdido la esperanza. Guardaron las rosas y jazmines de mejores tiempos para yacer desnudos sobre un lecho de espinas. Era eso o la muerte. Y había que esperar, por si acaso el futuro les daba la oportunidad de subsanar heridas con la llegada de uno o dos retoños que aprenderían sobre la libertad, en teoría y en práctica.
Un día, el dueño de la tiendita se volvió a la casa bastante más temprano de lo usual por una descompostura siniestra que le estaba agujerando las vísceras y le hacía explotar los testículos. Afección rara que bien pudo haber sido resultado de un gualicho. Julia y Lucio quedaron allí dentro, solos, en esa cueva que albergaba emociones y sonidos retenidos. Julia contemplaba la calle. Se juntaba las solapas del saco con ambas manos para darse calor en el cuello. Hacía frío. Apenas había una estufita de morondanga. Y el escenario callejero daba más frío aún. Viejecitas bordeaban el cordón de la vereda con pancartas, con imágenes de sus hijos, de sus nietos. Pim pim pam biribiribím bim baum. Volvían a las casas con caras largas y envejecidas, no por el paso del tiempo, sino por la presencia de la ausencia en sus hogares, en especial, la de motivos para tanto sufrimiento.
¿Por qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?
—¿Cuándo? —pensó Julia en voz alta.
—¿Qué, amor? —preguntó Lucio, que la escuchó.
—Nada…. Pensaba en voz alta.
No es que Lucio no hubiese escuchado sino que sabía la pregunta y también sabía la respuesta.
La música, los amigos, la vida. Mucho de todo lo que había en el mundo anterior había desaparecido. ¿Cuándo? ¿Cuándo volverían a hacer música? ¿Cuándo volverían a ver a los amigos? ¿Cuándo harían resurgir las canciones que tocaban en aquel sotanito, volver a hablar de ciertas cosas que ahora daban vueltas como moscas encerradas en un frasco? Todo esto pensaba Julia y fruncía el entrecejo y la frente le dolía de tanto que se debatían el ying y el yang de esa existencia sobria pero lúgubre. Y Lucio la contemplaba de cerca hasta que el impulso lo llevó más lejos que la razón. ¡Zas! Se dirigió al cuartito de limpieza. Ese cambio de rumbo despertó a Julia del devane de sesos en el que estaba inmersa. Cuando se dio vuelta, Lucio apareció desde el cuartito con la mochila y la campera de cuero negra que le había regalado el amigo, esa campera que lo había acompañado en las ensoñaciones de un mundo mejor. ¡Qué hermoso era pensar que podíamos cambiar el mundo! Y…
—Hoy. —dijo Lucio y agarró una guitarra por el diapasón.
—¿Hoy…qué?
—¿No preguntaste cuándo? Yo te digo: hoy.
Agarra otra guitarra, se acerca a Julia.
—Nos vamos. —la besa y le da una guitarra y el abrigo.
—Pero…
—Sh… sin hablar. ¿Hacemos carrera?
Los dos se cuelgan las guitarras y entran a correr fuerte, fuerte. Corrían como niños jugando a la mancha en el patio del colegio. Corrían con sonrisas explayadas entre pómulos sonrojados del frío y del nerviosismo. Reían, también como niños. Los dientes blancos, parecían gigantes porque estaban todos expuestos. Y corrieron hasta la estación de ómnibus. ¡Piedra libre!
—Mendoza. Dos. Ida. —dice Lucio en la boletería.
—¿Nombres?
—Leonardo Garnieri y Gina Telesco.
—DNI, por favor.
La prueba de fuego. Por supuesto que esos no eran sus nombres verdaderos y por supuesto que los documentos estaban adulterados. Si no pasaban la prueba… bueno, ellos sabían muy bien lo que podía pasar. Tantas veces sus padres le dijeron que se cuidara, que protegiera a su mujer, que no diera ningún paso en falso. Tantas veces le repitieron que si le había escapado una vez a la muerte, no iría a escapar dos veces. Tantas veces… Un gendarme pasa frente a la boletería y luego de dar unas vueltas, entra.
—A ver, permitime. —dice el gendarme al boletero y le saca el documento de la mano. A Lucio le temblaban las piernas. Los sueños que pusieron a dormir tal vez nunca despertarían, pensó, y sintió que había sido un error llevar las guitarras. Pensó que tal vez había sido un error salir de la tiendita donde estaban a salvo y aunque cobraban poco, podían vivir. Lucio obligó a que el coraje le entrara para afrontar las consecuencias, que a este punto, por la cara del gendarme, eran las más macabras. No era casualidad que a Julia se le cruzaran los mismos pensamientos. Visto desde fuera, no eran los documentos los que delataban su verdadera identidad sino el pánico, que les había llegado al cerebro y saludaba sigiloso desde el otro lado de la retina. El pánico parecía dar alerta al gendarme. Y sí, el gendarme se daría cuenta, pensó Julia. Cómo no iría a darse cuenta…
—Bien, caballero. —el gendarme les extendió el DNI.
Cuando se retiró el gendarme y quedó Lucio esperando los boletos, Julia se apartó hacia la ventana desde donde se podía ver la ciudad y los vehículos entrecruzándose. De espaldas a la gente, Julia se largó a llorar en silencio. Llevó una mano a la boca mientras corrían lágrimas de desesperación. La sensación era inexplicable. Tan cerca estuvieron. Tan cerca que el miedo permanecía. Cómo recorrían esas lágrimas las mejillas rosadas. Cómo arrugaban esas lágrimas las sienes de esa cara bella y límpida, blanca, pálida. Lucio la cobijó con sus brazos y le cantó una canción al oído. Y la besó en la mejilla como hace un padre a su hija para calmarle el llanto. Le acarició la piel de la cara, ahora caliente por el ahogo que ese nudo encrespado le dejó en la garganta.
Pero Julia estaba con Lucio y entendió que estaban los dos ahí, mismo tiempo, mismo espacio. ¡Los dos! No uno solo. No Julia ó Lucio. Julia y Lucio. No se los llevaron. Tal vez, porque no se dieron cuenta. Tal vez, porque les dieron la oportunidad. Agradecida, soltó una sonrisa y luego, una risa. Y florecieron las ilusiones que venían guardando en el bolsillo y se fueron a crear el nuevo universo.
VIAJE AL INTERIOR DE TU VIENTRE

“Ella también se cansó de este Sol,
vino a mojarse los pies a la Luna”
Luis Alberto Spinetta
Pasillos. Altos. Largos. Estrechos. Blancos. Unas líneas verdes y celestes se reposan sobre los laterales. El piso es negro. Huele a hule. Veo mis pies agitados. Buscan aire y contención. Buscan desentrañarse de ese ambiente pendular. El aliento frío de un hombre que parece gemir desde el cadalso.
De repente, no estoy tan sola. Llueven y llueven. Periodistas, micrófonos, cámaras, ratas, veneno, ojos enlatados en moléculas de ácido que finalmente ruedan por el hule. Vienen a invadirte. Y yo… vengo a... No sé a qué vengo. ¿Qué hago acá?
La rubia en el pasillo. Intuyo que voy a encontrarte. Es esa corazonada que se hace más galopante con cada paso que doy. Te estoy viendo, poco a poco. Tus manos delicadas, rozagantes vienen a tomarme. Al instante que las veo también veo cómo mis manos se apuran lentamente a tocarlas, porque son delicadas y no quieren romperlas. Mis manos abstienen la fuerza del deseo de tocarte que a la vez puja mis ojos hacia tu cara, para mirarte. Y lo que vi fue una cara desvaída con ojos aterrados. Esos ojos gritan. Un sombrero te aplasta el pelo. Nada que no pueda arreglar. Te dejo libre para que des la función. Llueven y llueven gotas de amor sobre los pies de la mujer de la Luna.
Llego a una puerta de hierro. Pesada. Tan pesada que diría que sostiene al edificio entero. Y la abro. Y veo…
Una noche espléndida y clara. Las mil luces sobre el escenario se extienden sobre el campo estrellado. Mares de brazos y manos saludan, se agitan, te buscan. La Luna dilató su manto y cubrió a la masa fecunda. Se fusiona la luz natural con la luz del hombre. Llueven y llueven gotas de amor sobre los pies de la mujer de la Luna. Llueven gotas de amor sobre los pies de la mujer de la Luna. Y entonces, los pies, que eran mis pies, ahora desnudos, se lanzaron al campo abierto. Vestida sólo con el manto de la Luna.
Era tanta la frivolidad, patética, vil. Ansiabas verme. Lo esperabas. Me buscaste. Me llamaste desde el vientre, donde nacen los momentos más intensos y los pensamientos más incólumes. Vientre hermoso que das a luz a la vida, que alcanza las aguas más profundas de la esencia humana.
La frivolidad ataca. Guitarra calzada al hombro y aún no pudiste evocar el sentimiento que hace que las manos hagan temblar la púa sobre las cuerdas. La frivolidad detiene porque mete miedo y paraliza. La frivolidad no sirve. Nos deja vacíos de expresión. Corrompe la tibieza de todo lo que nace bueno. Tuviste esa sensación incorporándose en tu organismo. Extraña a tu ser. Sabe igual que tener un parásito dentro. Ves la mole sarnosa de ojos idos, neurasténicos. Ellos te quieren frío, famoso, perverso, lucrado. ¿Vos qué querés?
¿Qué querés? Me quedo mirándote a un costado de la turba. Pienso en qué estarás pensando. Veo que no te ves conduciendo ese panal de abejas sordas. Y sin querer, tu mirada da un giro a la distancia y me encuentra. El sombrero cae como plomo sobre los tablones cuando tu cuerpo vira a mi dirección. Hace un hueco con sonido mudo. Los pies se desvían de la masa. Vienen a buscar mi boca. De la boca te di el aceite necesario para devolverle el candor a tus huesos, para que vuelvan a articularse, para que doten de alegría la música que antes lastimaba.
—No te vayas —dijiste, y volviste a visualizar el horizonte donde la Luna yacía y se ofrecía orgullosa como reflector para el espectáculo.
Y la mujer de la Luna subió al cielo y, desde allí, disfrutó la función.
lunes, 19 de enero de 2009
MADRUGADA LOMENSE
Enciendo un cigarrillo, abro la persiana y me pongo a escribir. Pero entre el abrir de la persiana y el ponerme a escribir, sucedieron cosas. Primero, escuché el sonido de un murciélago volando cerca, y todavía anda volando por ahí, emitiendo sus chillidos histéricos. Cada vez más cerca. Ahora el ruido de un tren, que pasa en sentido contrario a otro que pasó hace un minuto. Supongo que el murciélago no ve la luz de mi habitación encendida porque es ciego pero sospecho que presiente mi existencia, porque se acerca. Me da miedo. Una vez me dijeron que un murciélago jamás se podría chocar contra una persona, gracias a su radar natural y de gran alcance. El viento tiró una hoja de papel que pendía de la impresora. Y ahora la impresora hace ruidos inusitados, como si se lamentara por no haber podido sostener la página del ensayo que acabo de imprimir. Persiste el miedo. Igual, continúo. Ahora, los ruidos habituales del portón de la cochera en planta baja. Antes, el viento me pegó en la cara apenas saqué la cabeza afuera. Ya apagué el cigarrillo. Una luz centellea detrás de los viejos árboles. Una luz amarilla y fulgorosa que molesta el ángulo de mi ojo derecho. Y con el izquierdo, creo ver las ventanas del monitor moverse… Ilusión óptica. Sigo… Y entonces vuelvo a escuchar al murciélago. Ahora apoyo el bloc de hojas rayadas sobre el marco de la ventana. Antes, la bocina de un tren de carga que se acercaba a la estación. Segundos después, las ruedas metálicas apretando los rieles mientras… (se me acabó la birome roja) … mientras avanza. Ahora un ruido que no logro identificar bien pero me parece que es un motor en funcionamiento. De una máquina, tal vez. Justo en frente hay una ventana abierta de una habitación con la luz encendida. Alguien más está despierto a estas horas de la madrugada. Olvidé decir que justo cuando se me acabó la birome, di vuelta la hoja y empecé a escribir en el reverso. Ahora, la sombra de mi pelo se proyecta sobre el descanso de madera, debajo del marco de la ventana. Y un pájaro canta. ¿Tan temprano? Ah… Iba a decir que la sombra que se proyecta sobre el descanso de madera la produce el viento conjuntamente con la luz de mi habitación que está ahora justo detrás de mi cabeza. Pero no hace frío. Se detiene el motor y el miedo que me producía fue reemplazado casi inmediatamente por el trinar de un pájaro. (Otro pájaro). Ahora, el motor del colectivo que se detuvo a la vuelta de la esquina, tal vez a recoger pasajeros. O a dejarlos. Lo escucho alejándose. Y ahora, el motor de un auto que pasa velozmente. Pausa. Silencio. Sí, sí. Unos segundos, casi un minuto. Y otra vez el murciélago. Alguien está barriendo la vereda. Otro colectivo, otro auto. Barren más fuerte. Debe haber mucha basura porque barren como si estuvieran lijando madera. Una moto por la calle de la derecha. Un auto veloz por la avenida, sobre la izquierda. Vale aclarar que no veo ni la calle ni la avenida, pero ambas me hablan y entonces, puedo producir la imagen. Se me acaba… (se me acabó la birome negra). Otro colectivo. Éste suena más fuerte. Cambio de hoja. El barrendero municipal sigue con su tarea. No lo veo, lo escucho. Se le cae la escoba. O el cepillo. El golpe abrupto, seco, del palo al caer sobre la vereda. Ahora barre más fuerte. ¿Está molesto? La luz amarilla ya no me molesta porque los árboles dejaron de moverse y ahora la tapan. Recogen la basura. Veo un auto a través de la claraboya de la cochera. Es gris. La bocina de un vehículo sobre la calle de la derecha. Ahora, la frenada. Titubeó, pero finalmente pasó el semáforo en rojo. Decía que el tren avanzaba y emitía el ruido como de una bomba que está por explotar. Otra vez el murciélago. ¿Lo escribí bien? MUR-CIÉ-LA-GO. Sí. La sombra negra de un insecto justo a mi derecha, ¡Molesta el ángulo de mi ojo! Aunque debo haberlo imaginado… ¡Ah! Antes también escuché el ruido de agua que corre. La lamparita produjo un chasquido. Pide que la apaguen. ¡Qué susto! Una especie de tiro, algo parecido, a lo lejos. El agua que corre. Creo que se trataba del tanque de agua justo encima del techo de la cochera. Otro tren, avisa que va a pasar por la estación. Voy a cerrar la persiana. Tengo los dedos acalambrados y necesito ir al baño.
Volví… (¡Birome puta!) Decía… ¡Ah! Sí. Volví para cambiar la última oración. Me urge ir al baño. Cambio y fuera.
ODA
¡Flash! …
— LUZ CÁMARA ¡ACCIÓN!
¿Sabés qué?
Fue como un milagro...
Volviste, ¿y qué iba a hacer yo?
La atmósfera se tornó rosácea, todo tenía el color y la textura de una nube de azúcar.
Era 1988, ¿no? … ¿o 1990? ¿‘84 o ‘97? Algo así. Porque te juro que todo olía a algodón y se sentía como la piel de un bebé. Y la mole de gente avanzando por la avenida vacía de vehículos. Como brazos de ríos que convergían en un mismo mar. Mar de gente. ¿Nosotros? Y yo entre ellos. Y yo…y vos.
Viento…
Viene el viento a volarnos los pelos locos, sueltos, a humedecernos los ojos risueños, a pintarnos los párpados de azul. Una esperanza que vuelve, porque volviste.
Y escucho a alguien poner un cassette en el equipo de audio. Escucho la mano cerrar la cassettera y escucho el índice presionando PLAY. La cinta del cassette da vueltas. Gira…
Más.
¿Qué? ¿No entendés?
Me devolviste el olor de las flores del jardín de mi abuela. Ese que mis ojos disfrutaban cuando de fondo te escuchaba en la radio. Crujía tu voz. Crujía. Brrrr….Grrr… Pero te escuchaba. Rosas las flores, verde el pasto, amarillo mi vestido, pequeño, sentado observando la forma de las nubes. Y la música… ligera.
Cada vez más… te siento venir, llegar. Te siento pisando el mismo suelo que yo. DENTRO DEL MISMO CÍRCULO QUE YO. Como un viaje en tiempo y espacio. Somos seres de un mismo planeta, bailando sobre una misma órbita. Nacimos juntos. Nos conocemos como hermanos.
Y ese aliento de ilusión. ¡Cuánta ilusión junta!
Emoción… Como hace veinte años, los mismos acordes de una guitarra que llora y ríe al mismo tiempo, que nos extrañaba, como yo. Como todos. No dejes de sonar, por favor, te lo pido. Mi cuerpo pide a gritos tus canciones. Quiero verte bailar. Quiero volar.
Volar…
Eso que aprendí escuchándote.
La tele aparece. Llueve la pantalla y hace mucho ruido. Como la radio de aquel entonces. Sinceramente, sería tan bueno… tocarte.
El calor es exquisito, gime en mi oído. Me regala un rayo de sol delicioso y el sol cae y yo sigo soñando. Sueño, sueño en estéreo.
Y salís al escenario….
Volumen al taco y…
¡Flash!
LUZ CÁMARA ¡ACCIÓN!
Y una punzada me atraviesa. Morí de una. Y volví a nacer. Por la boca se me salía el alma prófuga y me llevaba la mano a ella para que no se me escapara.
Una historia detrás que se proyecta en mi cabeza como un láser. No aguanto. Es simplemente demasiado.
Te busqué, te encontré y la verdad, es una alegría enorme.
La luna, cuando apareció, se puso bien redonda para vos y brilló tanto que era un sol.
Y ahí fue cuando me tocaste. ¡Qué cruel de tu parte sabiendo que te ibas otra vez!
Magia.
Y te volviste a esfumar.
domingo, 11 de enero de 2009
LOS MAREADOS
“Es más fácil decir que la vida es difícil que reconocer que somos nosotros los que la hacemos difícil.”
Sé que esto es lo que quiero hacer. Escribir… al menos, por un rato.
Cuando hablan del matrimonio, se me eriza la piel. No porque me emocione ni porque me produzca el efecto contrario sino por un sinfín de razones idiotas por las cuales uno puede llegar a casarse, cosa que me resulta innatural, además de incomprensible.
—Casáte —dice la esposa de uno a una mujer en pareja, con tono de sugerencia—. ¿No ves que te pagan asignaciones familiares?
Su matrimonio no es exactamente lo que soñó. Y su marido no es el brillante poeta francés que había dejado unos años antes porque no ganaba ni dos mangos. Cuando quedó embarazada, dijo algo parecido a: "Ni en pedo soy madre soltera. Yo me quedé embarazada y a él lo voy a arrastrar conmigo. Que a él también se le cague la vida."
Si tener un hijo es cagarse la vida, ¿cómo se le llama a pasarse entre diez y treinta años con un inútil que dedica los fines de semana a mirar todos los partidos de fútbol que transmiten por televisión (eso incluye aire, cable y canales codificados)?
Y es en ese preciso momento es cuando la cabeza me hace clic y me pregunto: ¿cuál es la inteligencia de casarse?
He conocido tan pocos casos de personas que han llevado matrimonios saludables, parejas que blandieron las amenazas sociales y se unieron puramente por un sentimiento profundo y genuino. Son tan pocos que me pregunto si la receta básica de una relación duradera es una gran masa de amistad a la que se adhiere un kilo de congenialidad y una cucharada de pasión.
Entonces, para todos los demás: ¿es el matrimonio (o la pareja) una guerra para ver quién cede más? ¿Y la maternidad?
Vamos a aclarar los tantos: un hijo jamás le puede cagar la vida a alguien; en todo caso, es uno mismo el que se “caga la vida”. Y esa es simplemente una percepción de la situación (bastante negativa, por cierto) cuando, en realidad, podemos decir también que un hijo es una oportunidad para quitarnos los vicios y las malas costumbres y sembrar un poco de amor. Amor… bueno, es verdad que tal vez el “amor” sea, sintéticamente, un invento del ser humano para calificar una sensación; que el amor (al igual que tantas otras emociones) sea una secuela de la necesidad del ser humano de ponerle palabras a lo que sentimos cuando la verdad es que mucho de lo que sentimos resulta inexplicable. En este caso, llamo “amor” (y voy a tomar las expresiones corporales de esta sensación) a una serie de mimos, abrazos y besos que regalamos desinteresadamente con el solo fin de hacer sentir bien al otro y de sentirnos bien nosotros mismos porque, quizá, nos reconocemos en el otro, porque esos actos son fieles a lo que queremos hacer y porque los hacemos casi sin pensar. Es como eso que hacemos cuando estamos reunidas entre amigas y nos miramos y nos damos cuenta de que nuestra amistad es algo bellísimo y que estamos agradecidas de que suceda. “Las quiero chicas, las quiero”. Y sale así… sin pensar.
Eso es abrirse al otro. No es broma que cuesta mucho lograrlo. Cuesta tanto que algunas personas que se han conservado “inmunes” a sentir terminan en una depresión importante, con el señor Suicidio golpeando a la puerta y esperando a que lo dejen pasar.
“Tengo que aprender a fingir más y a no mostrar lo que siento…”1 ¿Cómo mantenerse al margen de la inmadurez emocional con la que se vive hoy en día?
No es que yo sea una persona que desestime totalmente el matrimonio. Pero no lo veo muy posible. Un día, después de casi cinco años de persistir en alcanzar el modelo de pareja heredado generación tras generación, aprendí que las relaciones habían dejado de ser, hacía mucho tiempo, lo que me habían enseñado alguna vez. No es que culpe a mis antepasados por ese plan de vida que quisieron transferirme. Sé que lo hicieron porque me querían y creían que era lo mejor para mí y porque, en realidad, no había otra forma de proceder conocida y al menos, esa era la que les había resultado. Yo persistí. Persistí sesudamente, durante casi cinco años, en aplicar un plan metódico en el que mis antepasados me habían enseñado a confiar. Decir que el pibe era más o menos inteligente para entender que las cosas no eran así, porque si por mí hubiese sido, yo seguía haciendo malabares para que funcionara una máquina que había venido fallada de fábrica. Ese armazón que ya viene prediseñado por la sociedad y que nosotros (al menos, las generaciones de las décadas de 1970 y 1980) tomamos no es más que una ilusión. Y si uno persiste en una ilusión ¡sí que se caga la vida! No digo que a algunos no les funcione esa estrategia. Pero no deja de ser una estrategia2.
“Tengo que aprender a fingir más y a no mostrar lo que siento…”.
¿No parece evidente que el ser humano no puede convertirse en piedra? Es decir, la piedra siempre termina estrellándose contra otra más grande y se quiebra. O es erosionada a paso lento y agonizante. O, lo que es peor, ambas. ¡Qué pelotudez querer ser una piedra! Eso de hacerse los duros me tiene los ovarios por el piso.
Y me viene a la mente… La esposa que intenta inculcar al marido las reglas del hogar (porque parece que hay una insistencia en que la mujer sea la que maneje los asuntos del hogar). Y por otro lado, la madre que quiere demostrar su jerarquía dentro del clan, en especial, su superioridad frente a los menores, e impone acciones con gritos y palizas cuando es desobedecida. ¿Qué necesidad hay de gritar y pegar? Si lo hacemos, ¿no nos estamos comportando, entonces, como niños? ¿Acaso no es mejor generar respeto en los demás? Los gritos, las cachetadas, los insultos… todos mecanismos de defensa que aplicamos cuando sentimos que nos quieren pasar por arriba. “Y… por las dudas, lo someto a una golpiza, no vaya a ser que el pibe se rebele”. Resultado: negativo.
A los gritos y a los golpes, fui criada. Durante algún tiempo, después de alcanzar la mayoría de edad, no pude evitar repetir ese comportamiento. E incluso a algunas personas lastimé con mis impulsos inservibles. Incluso a mis propios padres. Lo sé. Me arrepiento. Y por eso, pido perdón. Agradezco haberme dado cuenta. De esto y de tantas otras cosas.
Si me lo preguntan, considero que no hay nada más horrible que gritar y pegar y hablo de hacerlo en todos los ámbitos de la vida. Que la violencia genera más violencia es una realidad cada vez más confirmada. En última instancia, declaremos la guerra a un almohadón, una pared, la vajilla (si podemos evitar heridos, mejor). Mantener la calma a veces puede ser muy difícil. Nos agarra la chiripiorca y es entendible que las cosas, en esas situaciones, se nos puedan ir de las manos. Nadie es perfecto, por supuesto. Es parte de ser humano. El punto es no tomarlo como hábito. Y si ese es nuestro hábito, tal vez sería bueno empezar a perder la costumbre. Estoy en proceso. “Poder decir adiós es crecer”3.
Y al decir todo eso, pienso ¿no es hermosa la mujer cuando reina en ella la paz interior y les ofrece ese semblante sólido que mueve a las personas a querer ser admirados por ella? Y no digo que todo eso no pueda trasladarse a los hombres. Al menos, tener ese modelo de mujer en mente nos ayuda a evitar esas reacciones de las que más tarde (o casi inmediatamente) podemos arrepentirnos. Claro que cada uno es como es y cada madre es una única versión de madre.
Volviendo dos párrafos atrás… ¿por qué tener hijos? Hay gente que los tiene porque sí. “Y… por si las moscas… antes de la fecha de vencimiento, voy a tener un hijo en caso de que, en el futuro, pueda arrepentirme de no haberlo tenido.” Y la verdad es que hay gente que se arrepiente de haberlos tenido, justamente. Pero, ¿qué es un hijo? Un hijo no es una posesión. No podemos concebirlos con la idea de que van a ser nuestros para toda la vida. Nada más errado que decir: “es mío”. Y al nacer, nada peor que planearle el futuro. “Ay… él va a ser doctor”. Un hijo es una persona (comentario obvio, pero, tal vez, necesario) y como persona, es un ente independiente, capaz de desarrollar sus propias opiniones, odios y amores, creencias, gustos y vicios (y si desconfía de lo que digo, recuerde que lo primero que se hace luego del parto es cortar el cordón umbilical). “Los hijos son de la vida”, dice la psicoanalista de mi amiga. Son siempre distintos. Cada ser vivo es un ente distinto a los demás (y somos todos iguales cuando de la observancia de la ley se trata, al menos, en teoría). Es posible, muy posible, que ese ser sea bastante disimilar a los padres y que, tal vez, guarde semejanza, casi exclusivamente en cuanto al aspecto físico. Puede ser todo lo contrario a lo que soñamos y por esa razón, un hijo es la prueba más grande que desafía a nuestro nivel de aceptación y los límites imaginados.
Ahora, volviendo al matrimonio, pensaba… tal vez la gran cantidad de divorcios se deba a que el matrimonio hace que uno tenga la falsa idea de que ya es dueño del otro y que, por ende, uno puede hacer lo que se le de la gana porque “total… solo no me voy a quedar”. Es decir, esto del “adueñamiento” es historia antigua. Pero, ¿es posible que la mente humana siga guardando ideas tan arcaicas? Y sí… claro que sí.
¿Miedo a la soledad? La soledad nos atrapa, la soledad nos persigue como un fantasma. ¿Por qué ese miedo a estar solos? ¿Será porque debamos enfrentarnos con nosotros mismos y no queremos? Sí, sí, yo también tenía miedo a la soledad hasta que la experimenté en cuerpo y alma y la verdad es que la pasé tan bien… Sentí que yo y mi otro yo corrían juntos por una pradera, como María y el capitán Von Trapp. Sí, a ese nivel. Retozando, girando sobre nuestro propio eje, revolcándonos en la pastura verde felicidad. De repente, pensé en todas las cosas que yo y mi otro yo podíamos hacer juntos. Entonces, fuimos a sacar un pasaje a México y lo más gracioso es que nos dieron dos al precio de uno. Nada más hermoso que darse cuenta de la inmensidad de nuestro ser. Cuando me encuentro con mi otro yo, el sol me quema cada vez más porque siento al horizonte cada día más cerca. Definitivamente, para estar bien con los demás hay que aprender a estar bien con uno mismo.
—Pero… —me dice un chico desconfiado—, así como lo pintás es muy fácil. La vida no es así.
Ya sea porque le entró por un oído y le salió por el otro (porque esas palabras, aunque sencillas, tienen un alcance infinito) o porque nunca lo había experimentado en carne propia, este chico parecía no haber tenido reacción luego de escuchar lo que dije.
—Y… ¿a qué te dedicás? Seguro que me decís esto y después terminás siendo la típica mina que labura de
—Soy traductora independiente. Y escribo.
—Sos demasiado inteligente, me da rabia.
¿Qué fue eso? ¿Una respuesta? Para mí, una bomba. Me duele que todavía se mida la inteligencia por el grado de profesionalidad que uno tiene.
—Inteligente es el que tiene una cortina de baño con una parte de tela y otra de plástico y sólo pone la parte de plástico dentro de la bañadera porque la de tela se ensucia y puede quedarle un lamparón imposible de sacar.
El chico quedó perplejo. No pareció entender mucho a lo que me refería. Entonces, ¿cuál es la idea de inteligencia? Conozco un hombre que, después de graduarse con un promedio de nueve cincuenta, se puso a trabajar en una empresa, sin necesidad, hasta altas horas de la noche. Trabajó así treinta años de su vida y cuando se quiso acordar, no sabía ni quién era su mujer ni quién su hijo. No había pasado con ellos más que algunas horas por día. Y hubo días en que ni los vio. Para cuando se jubiló, la mujer había muerto y el hijo, que pensó que era un buen “hijo de tigre”, se había ido a vivir a Brasil con su novio. No, no, la inteligencia no va mano a mano con los dotes profesionales.
En síntesis, la felicidad parece residir, en principio, en reconocer y aceptar quién es uno mismo para luego poder reconocer y aceptar a los demás. A nuestros antepasados (que seguramente nos enseñaron muchas cosas que sirven y otras que no tanto), a nuestros pares (amigos, hermanos) y a nuestros hijos (a quienes tenemos que dejar ser). No es más que el famoso concepto de “vivir y dejar vivir”. No es que en este tema sea un as, pero lo bueno es intentarlo.
Y con respecto, al matrimonio… ahora pienso en esas bodas mexicanas, tan coloridas y festivas, y concluyo:
O bien, que sea para alargar la fiesta lo más que se pueda o que, directamente, no sea.
1 Extracto de la canción Carismático de Babasónicos.
2estrategia. (Del lat. strategĭa, y este del gr. στρατηγία). f. Arte de dirigir las operaciones militares. Diccionario de
3 Extracto de la canción Adiós de Gustavo Cerati.