“Es más fácil decir que la vida es difícil que reconocer que somos nosotros los que la hacemos difícil.”
Sé que esto es lo que quiero hacer. Escribir… al menos, por un rato.
Cuando hablan del matrimonio, se me eriza la piel. No porque me emocione ni porque me produzca el efecto contrario sino por un sinfín de razones idiotas por las cuales uno puede llegar a casarse, cosa que me resulta innatural, además de incomprensible.
—Casáte —dice la esposa de uno a una mujer en pareja, con tono de sugerencia—. ¿No ves que te pagan asignaciones familiares?
Su matrimonio no es exactamente lo que soñó. Y su marido no es el brillante poeta francés que había dejado unos años antes porque no ganaba ni dos mangos. Cuando quedó embarazada, dijo algo parecido a: "Ni en pedo soy madre soltera. Yo me quedé embarazada y a él lo voy a arrastrar conmigo. Que a él también se le cague la vida."
Si tener un hijo es cagarse la vida, ¿cómo se le llama a pasarse entre diez y treinta años con un inútil que dedica los fines de semana a mirar todos los partidos de fútbol que transmiten por televisión (eso incluye aire, cable y canales codificados)?
Y es en ese preciso momento es cuando la cabeza me hace clic y me pregunto: ¿cuál es la inteligencia de casarse?
He conocido tan pocos casos de personas que han llevado matrimonios saludables, parejas que blandieron las amenazas sociales y se unieron puramente por un sentimiento profundo y genuino. Son tan pocos que me pregunto si la receta básica de una relación duradera es una gran masa de amistad a la que se adhiere un kilo de congenialidad y una cucharada de pasión.
Entonces, para todos los demás: ¿es el matrimonio (o la pareja) una guerra para ver quién cede más? ¿Y la maternidad?
Vamos a aclarar los tantos: un hijo jamás le puede cagar la vida a alguien; en todo caso, es uno mismo el que se “caga la vida”. Y esa es simplemente una percepción de la situación (bastante negativa, por cierto) cuando, en realidad, podemos decir también que un hijo es una oportunidad para quitarnos los vicios y las malas costumbres y sembrar un poco de amor. Amor… bueno, es verdad que tal vez el “amor” sea, sintéticamente, un invento del ser humano para calificar una sensación; que el amor (al igual que tantas otras emociones) sea una secuela de la necesidad del ser humano de ponerle palabras a lo que sentimos cuando la verdad es que mucho de lo que sentimos resulta inexplicable. En este caso, llamo “amor” (y voy a tomar las expresiones corporales de esta sensación) a una serie de mimos, abrazos y besos que regalamos desinteresadamente con el solo fin de hacer sentir bien al otro y de sentirnos bien nosotros mismos porque, quizá, nos reconocemos en el otro, porque esos actos son fieles a lo que queremos hacer y porque los hacemos casi sin pensar. Es como eso que hacemos cuando estamos reunidas entre amigas y nos miramos y nos damos cuenta de que nuestra amistad es algo bellísimo y que estamos agradecidas de que suceda. “Las quiero chicas, las quiero”. Y sale así… sin pensar.
Eso es abrirse al otro. No es broma que cuesta mucho lograrlo. Cuesta tanto que algunas personas que se han conservado “inmunes” a sentir terminan en una depresión importante, con el señor Suicidio golpeando a la puerta y esperando a que lo dejen pasar.
“Tengo que aprender a fingir más y a no mostrar lo que siento…”1 ¿Cómo mantenerse al margen de la inmadurez emocional con la que se vive hoy en día?
No es que yo sea una persona que desestime totalmente el matrimonio. Pero no lo veo muy posible. Un día, después de casi cinco años de persistir en alcanzar el modelo de pareja heredado generación tras generación, aprendí que las relaciones habían dejado de ser, hacía mucho tiempo, lo que me habían enseñado alguna vez. No es que culpe a mis antepasados por ese plan de vida que quisieron transferirme. Sé que lo hicieron porque me querían y creían que era lo mejor para mí y porque, en realidad, no había otra forma de proceder conocida y al menos, esa era la que les había resultado. Yo persistí. Persistí sesudamente, durante casi cinco años, en aplicar un plan metódico en el que mis antepasados me habían enseñado a confiar. Decir que el pibe era más o menos inteligente para entender que las cosas no eran así, porque si por mí hubiese sido, yo seguía haciendo malabares para que funcionara una máquina que había venido fallada de fábrica. Ese armazón que ya viene prediseñado por la sociedad y que nosotros (al menos, las generaciones de las décadas de 1970 y 1980) tomamos no es más que una ilusión. Y si uno persiste en una ilusión ¡sí que se caga la vida! No digo que a algunos no les funcione esa estrategia. Pero no deja de ser una estrategia2.
“Tengo que aprender a fingir más y a no mostrar lo que siento…”.
¿No parece evidente que el ser humano no puede convertirse en piedra? Es decir, la piedra siempre termina estrellándose contra otra más grande y se quiebra. O es erosionada a paso lento y agonizante. O, lo que es peor, ambas. ¡Qué pelotudez querer ser una piedra! Eso de hacerse los duros me tiene los ovarios por el piso.
Y me viene a la mente… La esposa que intenta inculcar al marido las reglas del hogar (porque parece que hay una insistencia en que la mujer sea la que maneje los asuntos del hogar). Y por otro lado, la madre que quiere demostrar su jerarquía dentro del clan, en especial, su superioridad frente a los menores, e impone acciones con gritos y palizas cuando es desobedecida. ¿Qué necesidad hay de gritar y pegar? Si lo hacemos, ¿no nos estamos comportando, entonces, como niños? ¿Acaso no es mejor generar respeto en los demás? Los gritos, las cachetadas, los insultos… todos mecanismos de defensa que aplicamos cuando sentimos que nos quieren pasar por arriba. “Y… por las dudas, lo someto a una golpiza, no vaya a ser que el pibe se rebele”. Resultado: negativo.
A los gritos y a los golpes, fui criada. Durante algún tiempo, después de alcanzar la mayoría de edad, no pude evitar repetir ese comportamiento. E incluso a algunas personas lastimé con mis impulsos inservibles. Incluso a mis propios padres. Lo sé. Me arrepiento. Y por eso, pido perdón. Agradezco haberme dado cuenta. De esto y de tantas otras cosas.
Si me lo preguntan, considero que no hay nada más horrible que gritar y pegar y hablo de hacerlo en todos los ámbitos de la vida. Que la violencia genera más violencia es una realidad cada vez más confirmada. En última instancia, declaremos la guerra a un almohadón, una pared, la vajilla (si podemos evitar heridos, mejor). Mantener la calma a veces puede ser muy difícil. Nos agarra la chiripiorca y es entendible que las cosas, en esas situaciones, se nos puedan ir de las manos. Nadie es perfecto, por supuesto. Es parte de ser humano. El punto es no tomarlo como hábito. Y si ese es nuestro hábito, tal vez sería bueno empezar a perder la costumbre. Estoy en proceso. “Poder decir adiós es crecer”3.
Y al decir todo eso, pienso ¿no es hermosa la mujer cuando reina en ella la paz interior y les ofrece ese semblante sólido que mueve a las personas a querer ser admirados por ella? Y no digo que todo eso no pueda trasladarse a los hombres. Al menos, tener ese modelo de mujer en mente nos ayuda a evitar esas reacciones de las que más tarde (o casi inmediatamente) podemos arrepentirnos. Claro que cada uno es como es y cada madre es una única versión de madre.
Volviendo dos párrafos atrás… ¿por qué tener hijos? Hay gente que los tiene porque sí. “Y… por si las moscas… antes de la fecha de vencimiento, voy a tener un hijo en caso de que, en el futuro, pueda arrepentirme de no haberlo tenido.” Y la verdad es que hay gente que se arrepiente de haberlos tenido, justamente. Pero, ¿qué es un hijo? Un hijo no es una posesión. No podemos concebirlos con la idea de que van a ser nuestros para toda la vida. Nada más errado que decir: “es mío”. Y al nacer, nada peor que planearle el futuro. “Ay… él va a ser doctor”. Un hijo es una persona (comentario obvio, pero, tal vez, necesario) y como persona, es un ente independiente, capaz de desarrollar sus propias opiniones, odios y amores, creencias, gustos y vicios (y si desconfía de lo que digo, recuerde que lo primero que se hace luego del parto es cortar el cordón umbilical). “Los hijos son de la vida”, dice la psicoanalista de mi amiga. Son siempre distintos. Cada ser vivo es un ente distinto a los demás (y somos todos iguales cuando de la observancia de la ley se trata, al menos, en teoría). Es posible, muy posible, que ese ser sea bastante disimilar a los padres y que, tal vez, guarde semejanza, casi exclusivamente en cuanto al aspecto físico. Puede ser todo lo contrario a lo que soñamos y por esa razón, un hijo es la prueba más grande que desafía a nuestro nivel de aceptación y los límites imaginados.
Ahora, volviendo al matrimonio, pensaba… tal vez la gran cantidad de divorcios se deba a que el matrimonio hace que uno tenga la falsa idea de que ya es dueño del otro y que, por ende, uno puede hacer lo que se le de la gana porque “total… solo no me voy a quedar”. Es decir, esto del “adueñamiento” es historia antigua. Pero, ¿es posible que la mente humana siga guardando ideas tan arcaicas? Y sí… claro que sí.
¿Miedo a la soledad? La soledad nos atrapa, la soledad nos persigue como un fantasma. ¿Por qué ese miedo a estar solos? ¿Será porque debamos enfrentarnos con nosotros mismos y no queremos? Sí, sí, yo también tenía miedo a la soledad hasta que la experimenté en cuerpo y alma y la verdad es que la pasé tan bien… Sentí que yo y mi otro yo corrían juntos por una pradera, como María y el capitán Von Trapp. Sí, a ese nivel. Retozando, girando sobre nuestro propio eje, revolcándonos en la pastura verde felicidad. De repente, pensé en todas las cosas que yo y mi otro yo podíamos hacer juntos. Entonces, fuimos a sacar un pasaje a México y lo más gracioso es que nos dieron dos al precio de uno. Nada más hermoso que darse cuenta de la inmensidad de nuestro ser. Cuando me encuentro con mi otro yo, el sol me quema cada vez más porque siento al horizonte cada día más cerca. Definitivamente, para estar bien con los demás hay que aprender a estar bien con uno mismo.
—Pero… —me dice un chico desconfiado—, así como lo pintás es muy fácil. La vida no es así.
Ya sea porque le entró por un oído y le salió por el otro (porque esas palabras, aunque sencillas, tienen un alcance infinito) o porque nunca lo había experimentado en carne propia, este chico parecía no haber tenido reacción luego de escuchar lo que dije.
—Y… ¿a qué te dedicás? Seguro que me decís esto y después terminás siendo la típica mina que labura de
—Soy traductora independiente. Y escribo.
—Sos demasiado inteligente, me da rabia.
¿Qué fue eso? ¿Una respuesta? Para mí, una bomba. Me duele que todavía se mida la inteligencia por el grado de profesionalidad que uno tiene.
—Inteligente es el que tiene una cortina de baño con una parte de tela y otra de plástico y sólo pone la parte de plástico dentro de la bañadera porque la de tela se ensucia y puede quedarle un lamparón imposible de sacar.
El chico quedó perplejo. No pareció entender mucho a lo que me refería. Entonces, ¿cuál es la idea de inteligencia? Conozco un hombre que, después de graduarse con un promedio de nueve cincuenta, se puso a trabajar en una empresa, sin necesidad, hasta altas horas de la noche. Trabajó así treinta años de su vida y cuando se quiso acordar, no sabía ni quién era su mujer ni quién su hijo. No había pasado con ellos más que algunas horas por día. Y hubo días en que ni los vio. Para cuando se jubiló, la mujer había muerto y el hijo, que pensó que era un buen “hijo de tigre”, se había ido a vivir a Brasil con su novio. No, no, la inteligencia no va mano a mano con los dotes profesionales.
En síntesis, la felicidad parece residir, en principio, en reconocer y aceptar quién es uno mismo para luego poder reconocer y aceptar a los demás. A nuestros antepasados (que seguramente nos enseñaron muchas cosas que sirven y otras que no tanto), a nuestros pares (amigos, hermanos) y a nuestros hijos (a quienes tenemos que dejar ser). No es más que el famoso concepto de “vivir y dejar vivir”. No es que en este tema sea un as, pero lo bueno es intentarlo.
Y con respecto, al matrimonio… ahora pienso en esas bodas mexicanas, tan coloridas y festivas, y concluyo:
O bien, que sea para alargar la fiesta lo más que se pueda o que, directamente, no sea.
1 Extracto de la canción Carismático de Babasónicos.
2estrategia. (Del lat. strategĭa, y este del gr. στρατηγία). f. Arte de dirigir las operaciones militares. Diccionario de
3 Extracto de la canción Adiós de Gustavo Cerati.
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