domingo, 21 de diciembre de 2008

EL ACORDE ETERNO


Toqué. Toqué la guitarra. No velozmente. Era un movimiento más bien sosegado. Sosegado y quebrado. Pero con cada punzada de mis dedos sobre las cuerdas, saltaban flechas de sonido vibrante hacia todas las direcciones. Ruido a vidrios rotos. Y luego, un estridor culminante.

Los jeans rasgados aprietan dos cuerpos femeninos. Una melena rubia aleonada sobre el bajo. La otra era yo. Mi cálido temple.

Llego a la mesa alargada. Primero, creo verte. Luego, te veo.

—¿Qué hacés, chabón? ¿Cómo estás? —dice la rubia discordante. Y vos, en un movimiento reflejo, le extendiste una acústica con tu mano derecha. La otra mano servía de sostén a tu cabeza. La palma sobre el mentón. Los dedos enroscados hacia los labios. Los ojos hacía mí. Tu respuesta fue el silencio.

—Gracias, maestro —Se aleja la rubia contenta como chico con juguete nuevo y se sienta en una silla en alguna parte del fondo de la escena. Rasga las uñas sobre las cuerdas, todas al mismo tiempo, y ríe y repite la acción una y otra vez, sin darle a la nota. La mirás, te reís, me siento al lado tuyo. Volvés la mirada. Pausa. Ahora, atento a la expresión de mi cara.

—¿Sabés qué tenés que tocar vos? —te miré con extrañeza— … el flush —y en esta palabra, pronunciaste la “u”.

Me hice la entendida. Murmuré un sonido de afirmación.

—O el clash —marcaste la “a”. Yo, perpleja. Me dejaste desorbitada. A los segundos, te reís.

Me paro, me alejo, vuelvo. Veo a la rubia jugando con la acústica. Te veo. Me seguiste con la mirada todo ese tiempo que deambulé, física y mentalmente. Me quedo parada a tu lado. El show continuó, entre amigos íntimos y músicos. Abrazás mi cintura con el brazo derecho. Mimás mi cadera huesuda mientras observo la algarabía y el estruendo fusionados en un mismo escenario. Paso mi mano izquierda por detrás de tu cuello. Esa pelusita suave, la unión de tu piel y tu cabello, es mi perdición. La rozo con las yemas de mis dedos. El índice reafirma un rulito tuyo en el camino. Y ahí mismo, levantás la mirada y me decís:

—¿Sabés qué es lo que me preocupa?

—¿Qué?

—La edad.

No voy a decir que no me pareció tierno que te preocuparas. Pero más tierna me pareció tu mirada intensa, contemplativa. Tus ojos, a la luz de los míos, se ven siempre tan límpidos y perfectos. Giro mi torso hacia vos. El impulso lleva mis dos manos a tu cara hermosa. Te quiero, pero no te lo digo. Me lo guardo. Es tan grande el amor que no cabe en mi tórax.

Nuestras miradas dejaron de ser indecisas. Eran miradas con ojos que querían verse. Entonces quise esperar a saciarme con el avasallamiento de tu coraje sobre el miedo, pero cuando comprendí que la espera era en vano, porque ya el coraje había ganado, te besé y con la cámara de mis ojos en off, a través de un lente externo, vi cómo mis labios se adherían a los tuyos. Un leve sabor a tabaco perfumaba mis papilas gustativas y luego dejaban un gusto azucarado. Así, mirándolo todo desde afuera. La saliva hacía un puente entre nuestras bocas. Por tus labios entreabiertos, se asomaban dientecitos blancos, pequeños. Y luego, una eternidad mirándonos. Apareció el conocimiento absoluto que tenemos de uno y de otro. Apareció la confianza. Y después se asomó la seguridad, pero supo entender que su presencia no era necesaria. Una luna artificial brillaba sobre tu cara. Sonó un acorde eterno. Y eran todos los acordes juntos. DO RE MI FA SOL LA SI… Lo recuerdo perfectamente.

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