
¿Y si Kafka y Nietzche unieran ficción con razón?
—¿Hola?... —No se escuchan más que algunos quejidos— ¿Hola Carla?
—Sí… Hola, ¿cómo estás? Escucháme… Acá estoy con Livia. Estábamos tratando de hacer el práctico pero no… no se puede. Livia… —una pausa anticipaba lo inesperado— Livia… está como exorcizada. Tiene un demonio adentro. No se lo puedo sacar. ¿Ves?
Ahora, gritos. Desesperación del otro lado del teléfono y a través de la línea pasan mis ojos. La línea me permite ver lo que hay del otro lado. Livia enfundada en la convulsión. Echa espuma por la boca. Los ojos verdes y transparentes. Las pupilas agrandadas y perfectamente negras y redondas.
La visión abandona la escena y una vez reincorporada comunica al cerebro que deje de sostener el tubo. Me alejo del teléfono blanco en el escritorio dando pasos cautelosos hacia atrás, sin voltearme. El pánico y la tranquilidad abren una batalla. El pánico desde el estómago lanza balas de cañón. La tranquilidad desde el cerebro, apaga el ardor de las grietas con agua. Y en el pecho convergen el fuego y la calma.
El tubo del teléfono se eleva tieso como pasando por un meridiano, se yergue ante mí como un humano, me mira. A través de esos pequeños hoyuelos en los extremos redondos parece respirar. El cable ondulado pesa sobre el aire. Una desarmonía de notas en un piano electrónico se hace presente en la habitación. El pánico gana la primera batalla. La tranquilidad se recupera. El tubo se detiene en lo alto y ahora avanza hacia mí del mismo modo en que lo haría un monstruo que intenta infundir miedo. Y de repente, se oye: —Rrring, rrrring.
Gata blanca de ojos pardos y pupilas rectilíneas empuja la puerta de la habitación y se detiene ante mis pies. Maúlla como cerda. La alzo y cuando miro hacia delante, el tubo del teléfono estaba sobre el escritorio, como si nunca se hubiese movido. Con la gata en brazos, camino hacia la cocina. La cena estaba lista. Mamá había servido la comida. Papá servía un jugo rosa, espeso. La gata husmea el vaso. Le doy de tomar el jugo. La suelto. Al cabo de unos minutos, la gata había tomado el tamaño de un gato montés.
—Si le doy más jugo, ¿crecerá al tamaño de un puma?
Otra vez en mis brazos, le doy de tomar jugo, esta vez con un embudo. Todo el líquido le pasaba por la garganta como si el cuerpo fuese una botella que estaba llenando. Pero la gata en un momento se atracó y empezó a vomitar líquido rosa. Y volví a usar el embudo, pero esta vez para pasar el líquido al vaso. El vaso se llenó y la gata seguía vomitando. Entonces la acerqué a la pila de la cocina y continuaba expeliendo líquido. El líquido se tornó cada vez más rojo. En un momento, el hocico de la gata comenzó a desintegrarse como si la hubiese atacado un ácido potente. La gata regurgitó la nariz y luego, la boca, el hocico entero, los ojos y finalmente las orejas. En vez de cabeza tenía una masa reducida y caldeada de carne viva, roja y venosa.
—Bueno, yo creo que acá tiene los ojos. —dijo Mamá preocupada mientras señalaba dos orificios sobre lo que había sido la cabeza de la gata.
Y, como si nada, el cuerpo de la gata comenzó a crecer. Y crecía. Y crecía. Lo dejé sobre la pila y corrí hacia el patio con un temor que me bailaba hasta en las ingles. De espaldas a la pared contigua, escucho el rompimiento de manos que salen de un cuerpo. La deglución de tejidos, el ensanchamiento del cuero. Dedos que crujen al romper la piel del animal.
Y de la bestia, nació el superhombre. Mamá me grita desde la cocina:
—Vení, no pasa nada. Nació el superhombre.
El superhombre vestía un traje azul elástico, botas y capa roja y usaba el pelo engominado y tirado hacia atrás.
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