Mi primera vez en Río de Janeiro y sin conocerlo muy bien, las playas me habían parecido poco similares a las que vi en la costa del Caribe. Río no huele a salitre como Cancún ni huele a transpiración como Buenos Aires en enero. Tampoco huele a azufre, como Mar del Plata.
En fin, la ciudad saca a relucir sus colores y también la gente en sus prendas. No había un motivo seguro para estar ahí, eran vacaciones y no planeaba encontrar a nadie conocido porque esperaba sola sentada en el palier de un hotel tres o cuatro estrellas la llegada de algún acontecimiento, verdadero o falaz. La vista no me engaña cuando veo llegar a Verónica. Tenía puesto el corpiño de una bikini marrón y una pollera de jean. Los lentes de sol usados como bincha –el estilo característico– el pelo suelto, largo, se extendía al costado de los brazos.
El palier estaba iluminado con sutileza por la luz del sol. Los pisos eran grises. Gigantes encerados, resplandecían y las sombras de los individuos se reflectaban sobre él. Había un desnivel. Tal vez, varios. El gris era en realidad mayoría absoluta en ese lugar fresco que contrastaba con la humedad caliente que atosigaba fuera.
Al lado mío había una española con la que parece que había estado hablando porque me miraba como si estuviese esperando una respuesta. Lo poco que pude ver de mí fueron las gafas negras que tenía puestas y un gorro tipo “piluso” rojo. Lo demás me era invisible.
En la soledad de ese palier, me dieron ganas de hacer algo sin saber bien qué. Verónica se acerca.
—Hola, ¿qué tal?
—Todo bien. —Parece que tanto Verónica como la española también habían viajado solas— Ella es Tania. Tania, Verónica. —se saludan.
—¿Qué van a hacer hoy? —Preguntaba por si acaso, ya que esperaba sumarme al plan de algún alma solitaria que, igual que yo, anduviese sin mucho por hacer.
—Yo me voy a quedar acá. —dijo Tania—. Pienso descansar, ir a la playa, caminar.
—Yo voy a hacer snorkel. Es un tour. Te llevan a una playa más lejana en un bote… parece divertido.
—¡Qué bueno! Me gusta la idea, eh.
Y de un momento a otro, estaba en el bote. Remaba un negro vestido de blanco. Y otro idéntico miraba. Verónica salió del bote y se metió en el mar. Hacía pie porque el agua sólo le cubría la mitad del cuerpo. Se puso las antiparras y hundió la cabeza. Era ilógico. El agua era transparente y a esa profundidad se veía muy claro el fondo. No pasaba ningún pez. Ni siquiera desprendimientos de algas. Verónica subió la cabeza y dijo que se veía todo perfecto. Me pregunto qué veía porque desde el bote también se podía ver muy bien el mar y no había nada en él. Lo más sorprendente es que el pelo de Verónica se metía en el agua y salía seco. Seco como si nunca se hubiese mojado.
Al rato, estábamos en la orilla. Las olas empezaron a aparecer en un mar que hasta el momento había estado tieso, inmóvil. Y eran olas grandes considerando que estábamos en Brasil. Aparece la rubia de melena aleonada.
—Uh, mirá, mirá. —repetía y no dejaba de señalar las olas.
Era un mar raro aquel porque las olas no avanzaban hacia la orilla. Rompían y se deshacían en un mismo lugar y el agua… en vez de avanzar, retrocedía. Retrocedió y retrocedió hasta que ya no se vio más mar en la orilla, sino una lomada de arena, que habían construido las olas con sus golpes secos, y detrás, el agua calma del mar que ya se había aquietado. Este mar andaba en reverso, definitivamente.
Y tal parece que el mar no estaba muy contento con los seres que en él vivían y entonces, empezó a escupirlos, uno a uno y caían en la playa. Los animales volaban muertos desde el mar detrás de la lomada hacia la arena, como si les hubiesen pegado una patada en el culo. Caían desplomados en la arena blanca. Tiburones, ballenas, peces gigantes. La gente, pasmada, retrocedía y exclamaba un “¡OH!” de sorpresa. La gente estaba ofendida. El mar quería estar solo. Muy solo. Quería que lo dejaran tranquilo.
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