jueves, 18 de diciembre de 2008

EN MIS SUEÑOS… AMOR, ¿GUSTAS DE UN ACERVO?

Amor, ¿gustas de un acervo de sensaciones puras amalgamadas en el cuerpo de una mujer? Un cúmulo de lluvia más el manjar de un volcán. Un montón de religiosa profanidad y naturaleza genuina que se transporta en una caja humana envuelta en piel.

Tengo un sueño…

Sueño que tengo trenzas que se extienden a lo largo de la almohada y que las yemas de tus dedos se tornan dulcemente lascivas por la noche al tocarlas. Sueño que las yemas suaves de tus dedos largos se incrustan en esas trenzas y se deslizan como bailando por el pelo negro de níveo resplandor, desarmándolas. Sueño que la lascivia se desplaza por tus venas hasta lo más interno, pero es la ternura la que gana. El fuego fatuo de la lascivia. El fuego imperial de la ternura. Y tu aroma… huelo, así, dormida, olor a ropas recién lavadas y planchadas con apresto y un sutil tono de perfume japonés que las yemas de tus dedos reparten por el cuello. Tu cuello alberga surcos que los años te han regalado, tan armoniosos, tan hermosos. Y siguiendo tu cuello, tengo tu cara. Un arco iris surge de tus ojos que miran al sol en lo alto. Tus ojos dan más luz que el sol. Y yo te miro desde lo alto, porque sueño que vuelo a tu alrededor, y tus ojos transparentes me dejan atravesarlos.

Y en tu mente resuenan las preocupaciones delante del sentimiento.

—No, amor, no te preocupes por la edad. Somos los dos niños y adultos a la vez. Sabemos amar y también sabemos jugar, y sabemos cómo hacerlo —digo con voz fuerte para que me escuche el sentimiento y quite los frenos a la sensación.

Mis labios chocan con los tuyos en cámara lenta. Titila la luz detrás formando una escala de chispas rosáceas. Aparece el sabor justo de cigarrillo y miel en tu boca. Y me separo. No dejo de mirar tus ojos. Tus ojos celestes, impresionantes, estiran estrías de calor en mí. Tus ojos, mi refugio. Y ahora me siento protegida.

Sé que intentarás despertarme marcando los dientes salivosos en mi abdomen. Y lo estás haciendo. Venga, esa lascivia tuya me sabe exquisita. Compartamos sábanas que la noche es temprana y todavía queda tiempo para soñar.

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