miércoles, 3 de diciembre de 2008

LA POBLACIÓN PRIMERA


LA POBLACIÓN PRIMERA


Soy de las personas que nunca creyó que las cigüeñas nos traían de Paris. A mi modo de ver, la vida humana nace con el impacto de un cometa en nuestras almas, que vagan por el cosmos durante largos años, y eso ocurre, digamos, de manera azarosa, ya que el cometa no es enviado a una dirección particular. De hecho, el cometa no es enviado porque esto también es un fenómeno natural y, al igual que los terremotos o los tsunamis, tiene lugar en alguna parte del mundo sin previo aviso (entiendo como previo aviso al que se da por lo menos un día antes de que ocurra el fenómeno, lo que haría una amiga antes de venir a casa a tomar unos mates). Hablar de que los cometas son enviados, es hablar de ese poder superior que los humanos llaman Dios y que es, nada más ni nada menos, que la fuerza de la naturaleza (al menos para mí, pensar así suena lógico), que nada limita nuestro accionar como humanos sino que crea almas capaces de poner sus propios límites.


Todo esto lo digo porque recuerdo haber visto el gran cometa viniendo hacia mí mientras debatía con otras almas, extranjeras por cierto, la importancia de un partido River–Boca en Argentina mientras observábamos una Avenida de Mayo completamente vacía desde el balcón de un edificio — todos en sus casas miraban ese increíble aparato llamado televisión. Y ahí fue cuando ocurrió. Fue algo impactante, claro. Pero no como lo que me contó mi compañera de estudios, Ana, que dice haber escuchado acerca del mecemoto, una especie de fenómeno del cual no se tiene registro porque sucede mucho más esporádicamente que cualquier otra catástrofe natural. Y ojala la naturaleza nos salve de un mecemoto, si eso es posible. Se trata nada más ni nada menos que del mecer de la Tierra, que debe ser terrible, por cierto. Dicen, incluso, que cada rompimiento de las placas tectónicas surgió justamente a partir de un mecemoto. De ahí que este fenómeno tenga lugar tan pocas veces. Vaya uno a saber si la Tierra seguirá meciéndose y quebrantándose. Tal vez la Tierra sea sólo un alma que necesita de una explosión para nacer y nosotros seamos alguna especie de… ¿zombies? O no. La cuestión es que, según Ana o, mejor dicho, quien le transfirió ese conocimiento de la existencia del mecemoto, no son los españoles los que descubrieron América sino un grupo de chinos muy avanzados para la época —hablamos del Paleolítico— y con una mente muy desarrollada. Llegaron a América gracias a un último rompimiento, del que nadie ha oído hablar, en el que una pequeña porción de territorio se desplazó desde Asia hasta lo que hoy llamamos el territorio americano, más precisamente, hasta las tierras del Perú. Tal vez sea por esa misma razón que muchos peruanos tengan los ojos levemente rasgados. Xiang Zu, líder de esta tribu asiática, describía al mecemoto como una serie de movimientos de la Tierra de izquierda a derecha, contrario a la rotación normal –que va de derecha a izquierda– y que por momentos se veía el Sol y por otros, la Luna, y el cielo variaba entre el azul y el carmesí. Agrega que el mecemoto atraía al mareo y muchos hombres y mujeres sufrían náuseas por días y días, hasta que un trozo de tierra finalmente se desprendía y terminaba a la otra orilla del océano.


Y la pregunta ahora es ¿cómo llegó esta información a manos de la civilización actual? Tal parece que esos chinos eran tan pero tan inteligentes que hasta ya habían desarrollado una lengua y una escritura y, en sus relatos, hablan del mecemoto como el único y gran suceso histórico del que fueron testigos — además del rompimiento, claro. Estos manuscritos fueron desenterrados de una caverna cercana a la costa del Pacífico por un cronista español que viajaba con Pizarro hacia las tierras del imperio Inca. Pero el hombre parece que no llegó junto al “adelantado”—vaya manera de llamar a un ladrón de tierras— sino que fue arrojado por la borda cuando éste se dio cuenta de la sensatez con la que el cronista describía lo observado que, por supuesto, difería muchísimo con la realidad vista a través de los ojos de un conquistador. Ja, conquistadores… hombres cursis, si los hay. La cuestión es que el cronista, pese a que estuvo tres días a la deriva, llegó a tierra y se topó con una selva densa y, en ella, una tribu aborigen que lo encontró comiendo un animal que había cazado, sin armas ni mucha técnica, hazaña por la cual obtuvo el respeto de todos los miembros de la tribu, incluyendo al cacique. Fueron justamente dos miembros de esa tribu, los que le hablaron al cronista de estos pobladores primitivos y, adentrándose en la caverna que los aborígenes ya habían señalado, halló los manuscritos y dedicó días, meses y años en descifrar lo que decía.


El cronista, años más tarde, murió y sus crónicas quedaron al resguardo de una pequeña familia de la tribu con la que compartió los últimos años de vida. Pidió, antes de morir, que los escritos nunca llegaran a los españoles y que se mantuviera la leyenda “por los siglos de los siglos”. Los escritos pasaron de generación en generación y, por supuesto, hubo algunas ovejas negras en la familia que quisieron revelar el misterio ante la chusma, pero a ellos no se les hizo conocer del todo la historia porque se sabía de antemano que lo contarían a otros. Resulta que esta persona allegada a Ana es un muy íntimo amigo de uno de los líderes de esta familia y, sabiendo que la historia estaría en buenas manos, le mostró los manuscritos del cronista y también aquéllos de los pobladores primitivos. Ahora me pregunto si este hombre no se habría equivocado.


De todas maneras, considero que era harto sabido que tarde o temprano llegaría el día en que esta historia se revelara al resto de la humanidad.

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