miércoles, 3 de diciembre de 2008

EL DÍA/CRÍTICO



Y subió la rubia al escenario. Movía objetos invisibles sobre una mesa de madera mientras el guitarrista con anteojos negros cantaba un rock. El peso de la guitarra sobre las lumbares, el agitar de su cabeza… cocaínico. La electricidad de las cuerdas. Paseaba con pasos hacia delante y hacia atrás. La multitud, agresiva, vestía negro y gris y tal vez algún trapo rojo. Igual que el cantante. Una camisa azul oscuro se perdía en el fondo crepúsculo. Una luz… Una cuerda… una sola cuerda… BIIIIIIIIMMMMMMMMM.


Llagas de fluorescencia amarilla hacia el rostro del confabulador musical. La música: el director de orquesta. A un lado, a otro. La superficialidad: el invitado de honor. Y la rubia enceguecida… buscando no sé qué en la invisibilidad de la nada, de espaldas al confabulador. La nada… espacio alabado. Lugar donde todos caen alguna vez.


Y ahí…


Yo. Yo en la muchedumbre. Yo extiendo la mano. Yo quiero llegar a él.


Desaparece la rubia detrás de bastidores. Felicitada y aplaudida. Y no me di cuenta cuando el confabulador me tomó de la mano. Grácil, servil a los principios del rock. Un empujón hacia arriba y estaba a su nivel y, ¿qué hacer? Mis manos se sacudían. Mis pies sentían el temblor del bombo, sujeto por la cuarta pared. Esa cuarta pared fuerte y frágil a la vez. Hoy te aman, mañana te odian… y así…. Vomité palabras, expresiones de miedo, de desesperación. Algo que mi memoria recordó recitar. Un “no te olvides de mí” que sonó junto al altibajo de la Strato. Primero, ensordecedor. Luego, parco.


Madrugada estrellada. Contemplé la multitud cuando por fin dejaron de vibrar las tablas. Se cierra el telón y quedé ahí varada, dentro de esa caja. El confabulador se había ido y la rubia también. La batería se desmembraba y la voz de la guitarra quedó guardada en el unísono del silencio. Y un pelado con cara de garca me enfrentó para decirme:


—Flaca, todo muy lindo, pero acá no actuás más.

—Pero ¿por qué? Si hice todo al pie de la letra.

—No, no.

—¿Cómo que “no”?

—Le pusiste diacrítico a “mi”.

Azorada, respondí:

—¡¿Qué?! Me estás cargando…

—Le pusiste tilde a “mi”. Dijiste “mí” cuando en realidad era “mi”. “Te olvidaste de mi”. No va.

¡Estaba bien la tilde! No era el posesivo, era el pronombre… pero… ¿qué dice este hombre?

—Largáte de acá —me dijo— ...Andáte y no vuelvas nunca más.


Al despertar, comprendí la obsesión que había avanzado en mi cerebro que, en estado crítico, repetía: No te olvides de mi… guitarra. No te olvides de mi… guitarra. No te olvides de mi… guitarra. BIS...


Y subió la rubia al escenario…





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