miércoles, 21 de enero de 2009

UN DIA DISTINTO


…supongo que te acostumbrarás
al silencio total,
mundo inferior,
que es eterno,
como el propio mal.
Así, no habrá para mañana
otra luz
que lamentar
al morir
el desierto de sed de amar
y de florecer.
¡Jamás escaparás de aquí!

La aventura de la Abeja Reina

Luis Alberto Spinetta





En una calle pobre de vida de una ciudad pobre de luz, había un localcito pintoresco, una tienda de instrumentos musicales. La vidriera vendía sonidos y colores: bronces, chi chi pum, chi chi pum, azul eléctrico, bauuuummm barabarabaammmm, rojo tambor, bom bom bom. Allí, Julia y Lucio trabajaban, uniformados de azul triste y melancolía sinfónica. Abrumados por el eclecticismo de llevar una vida mediocre (porque a los artistas se los escondía en botellas de sangre en esas épocas), fingían disfrutar de la serenidad propia de vendedores y cajeros, pero sufrían los golpes del alma inquieta que además gritaba por salir de la caja torácica, de los vientres, de las narices y de las bocas desecadas de tanto silencio.

En esa tiendita bordeada por edificios grises, incompletos y vetustos, Julia vendía y asesoraba sobre instrumentos musicales, o al revés. Lucio acomodaba las bellezas sonoras y las limpiaba con suma delicadeza. Lucio pasaba la franela por los bronces y las cuerdas, y la mente las transformaba en porcelana y cristal. Atento… discípulo noble del valor a lo verdaderamente único, tenía el don de hacer música genuina y entera era su poesía. Marcapaso. Era un marcapaso. Pedazos de frases, palabras, armonía que irrigaba sangre. Música que hacía en un sotanito perdigado para la felicidad de ciertas personas que en determinado momento necesitan estar ocultas. Rampamparabarabampanpán. Ratatatatatatatatá. Kabúm. Los sueños se descarrilaron del universo emocional y fueron a parar al asador. Y así los días gloriosos se convirtieron en una seguidilla de cotidianeidades insulsas y perezosas. No obstante, Julia y Lucio no habían perdido la esperanza. Guardaron las rosas y jazmines de mejores tiempos para yacer desnudos sobre un lecho de espinas. Era eso o la muerte. Y había que esperar, por si acaso el futuro les daba la oportunidad de subsanar heridas con la llegada de uno o dos retoños que aprenderían sobre la libertad, en teoría y en práctica.

Un día, el dueño de la tiendita se volvió a la casa bastante más temprano de lo usual por una descompostura siniestra que le estaba agujerando las vísceras y le hacía explotar los testículos. Afección rara que bien pudo haber sido resultado de un gualicho. Julia y Lucio quedaron allí dentro, solos, en esa cueva que albergaba emociones y sonidos retenidos. Julia contemplaba la calle. Se juntaba las solapas del saco con ambas manos para darse calor en el cuello. Hacía frío. Apenas había una estufita de morondanga. Y el escenario callejero daba más frío aún. Viejecitas bordeaban el cordón de la vereda con pancartas, con imágenes de sus hijos, de sus nietos. Pim pim pam biribiribím bim baum. Volvían a las casas con caras largas y envejecidas, no por el paso del tiempo, sino por la presencia de la ausencia en sus hogares, en especial, la de motivos para tanto sufrimiento.

¿Por qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?

—¿Cuándo? —pensó Julia en voz alta.

—¿Qué, amor? —preguntó Lucio, que la escuchó.

—Nada…. Pensaba en voz alta.

No es que Lucio no hubiese escuchado sino que sabía la pregunta y también sabía la respuesta.

La música, los amigos, la vida. Mucho de todo lo que había en el mundo anterior había desaparecido. ¿Cuándo? ¿Cuándo volverían a hacer música? ¿Cuándo volverían a ver a los amigos? ¿Cuándo harían resurgir las canciones que tocaban en aquel sotanito, volver a hablar de ciertas cosas que ahora daban vueltas como moscas encerradas en un frasco? Todo esto pensaba Julia y fruncía el entrecejo y la frente le dolía de tanto que se debatían el ying y el yang de esa existencia sobria pero lúgubre. Y Lucio la contemplaba de cerca hasta que el impulso lo llevó más lejos que la razón. ¡Zas! Se dirigió al cuartito de limpieza. Ese cambio de rumbo despertó a Julia del devane de sesos en el que estaba inmersa. Cuando se dio vuelta, Lucio apareció desde el cuartito con la mochila y la campera de cuero negra que le había regalado el amigo, esa campera que lo había acompañado en las ensoñaciones de un mundo mejor. ¡Qué hermoso era pensar que podíamos cambiar el mundo! Y…

—Hoy. —dijo Lucio y agarró una guitarra por el diapasón.

—¿Hoy…qué?

—¿No preguntaste cuándo? Yo te digo: hoy.

Agarra otra guitarra, se acerca a Julia.

—Nos vamos. —la besa y le da una guitarra y el abrigo.

—Pero…

—Sh… sin hablar. ¿Hacemos carrera?

Los dos se cuelgan las guitarras y entran a correr fuerte, fuerte. Corrían como niños jugando a la mancha en el patio del colegio. Corrían con sonrisas explayadas entre pómulos sonrojados del frío y del nerviosismo. Reían, también como niños. Los dientes blancos, parecían gigantes porque estaban todos expuestos. Y corrieron hasta la estación de ómnibus. ¡Piedra libre!

—Mendoza. Dos. Ida. —dice Lucio en la boletería.

—¿Nombres?

—Leonardo Garnieri y Gina Telesco.

—DNI, por favor.

La prueba de fuego. Por supuesto que esos no eran sus nombres verdaderos y por supuesto que los documentos estaban adulterados. Si no pasaban la prueba… bueno, ellos sabían muy bien lo que podía pasar. Tantas veces sus padres le dijeron que se cuidara, que protegiera a su mujer, que no diera ningún paso en falso. Tantas veces le repitieron que si le había escapado una vez a la muerte, no iría a escapar dos veces. Tantas veces… Un gendarme pasa frente a la boletería y luego de dar unas vueltas, entra.

—A ver, permitime. —dice el gendarme al boletero y le saca el documento de la mano. A Lucio le temblaban las piernas. Los sueños que pusieron a dormir tal vez nunca despertarían, pensó, y sintió que había sido un error llevar las guitarras. Pensó que tal vez había sido un error salir de la tiendita donde estaban a salvo y aunque cobraban poco, podían vivir. Lucio obligó a que el coraje le entrara para afrontar las consecuencias, que a este punto, por la cara del gendarme, eran las más macabras. No era casualidad que a Julia se le cruzaran los mismos pensamientos. Visto desde fuera, no eran los documentos los que delataban su verdadera identidad sino el pánico, que les había llegado al cerebro y saludaba sigiloso desde el otro lado de la retina. El pánico parecía dar alerta al gendarme. Y sí, el gendarme se daría cuenta, pensó Julia. Cómo no iría a darse cuenta…

—Bien, caballero. —el gendarme les extendió el DNI.

Cuando se retiró el gendarme y quedó Lucio esperando los boletos, Julia se apartó hacia la ventana desde donde se podía ver la ciudad y los vehículos entrecruzándose. De espaldas a la gente, Julia se largó a llorar en silencio. Llevó una mano a la boca mientras corrían lágrimas de desesperación. La sensación era inexplicable. Tan cerca estuvieron. Tan cerca que el miedo permanecía. Cómo recorrían esas lágrimas las mejillas rosadas. Cómo arrugaban esas lágrimas las sienes de esa cara bella y límpida, blanca, pálida. Lucio la cobijó con sus brazos y le cantó una canción al oído. Y la besó en la mejilla como hace un padre a su hija para calmarle el llanto. Le acarició la piel de la cara, ahora caliente por el ahogo que ese nudo encrespado le dejó en la garganta.

Pero Julia estaba con Lucio y entendió que estaban los dos ahí, mismo tiempo, mismo espacio. ¡Los dos! No uno solo. No Julia ó Lucio. Julia y Lucio. No se los llevaron. Tal vez, porque no se dieron cuenta. Tal vez, porque les dieron la oportunidad. Agradecida, soltó una sonrisa y luego, una risa. Y florecieron las ilusiones que venían guardando en el bolsillo y se fueron a crear el nuevo universo.

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